Sep 07
Adiós a El Confidencial con El elefante, de Slawomir Mrozek
Escrito en El dinosaurio que estaba allí, El museo.
Etiquetas: Acantilado, comunismo, literatura polaca, Slawomir Mrozek7/09/2010
Se pasó el mes de vacaciones forzosas y, como un soldado que sueña con la guerra, todos los temores se han materializado al despertar. Con El elefante se cierra mi etapa como crítico literario en El Confidencial tras casi cuatro años en una sección que “la crisis” se lleva por delante. Son inexcusables ahora algunas preguntas ásperas que debe hacerse alguen que ve desaparecer su función. ¿Quién lo ha hecho mal? ¿Lo ha hecho mal alguien? Si todo sigue igual una vez amputado el miembro, ¿es que no era necesario? No obstante, el fin de la relación estaba cantado. Como esas parejas que desde el principio advierten que no pueden durar, pero que se mantienen con más o menos fricciones hasta que al fin uno de los dos decide poner fin a la relación, la sección de crítica en El Confidencial nació con un propósito erróneo y, ¿para qué negarlo?, con un equipo inadecuado. Siempre estuvo pendiente de un hilo, desde aquella primera etapa en la que nos pidieron redescubrir títulos olvidados, y yo me lucí con La dificultad de ser español de Salvador Pániker.
Tras esa primera incursión y las dificultades que originé, varió el rumbo y nos hicimos más convencionales, mas sin dejar de ser erráticos como corresponde a un medio que ha basado su arrollador éxito en eso mismo. Faltó una cabeza que enseñara y orientara a los pipiolos que tratábamos de aprender el oficio a fuerza de ilusión y amor a la lectura, martillándonos los dedos y, a veces, hasta acertando en la cabeza del clavo. En esta anarquía, además de una formación autodidacta, encontramos una libertad ancha; siempre elegí yo mis libros, nunca ceñido por voluntad ajena y sólo algo condicionado por algunas realidades editoriales avasalladoras y, sobre todo, por la disponibilidad de materia prima, pues hubo editoriales atentas como las hubo displicentes. A pesar de todo, reconozco que la mía era una posición privilegiada. Terminé llevando la sección casi en solitario, a mi manera, tan ajeno a la farándula literaria como al principio, cuando siendo un perfecto desconocido que había publicado algunas reseñas en una ignota pero interesante publicación digital, Cuánto y por qué tanto, se me permitió participar en un periódico que se abría paso en la novedad de la red con fuerza hercúlea -quizá con la deseada cabeza esto nunca hubiera sido posible-.
Bueno, pues se acabó. El fino hilo de seda que sostenía mi columpio se ha terminado por romper. Han amputado el miembro y nadie lo va a echar en falta. Más preguntas, ¿necesita alguien un crítico literario? No es sólo un ruego laboral -¡no lo olviden!-, sino una pregunta existencial. La crisis que se ha cargado la sección no ha sido tanto la económica, aunque se esgrima como causa más creíble, cuanto otra más profunda, que afecta a la función y a la condición de la cultura en el mundo actual. Los malos críticos, esos que localizan decenas de obras maestras al año, casualmente escritas por amigos suyos -¡qué buen criterio tienen, pardiez, a la hora de elegir sus amistades!- o publicadas por el mismo grupo que les pasa la nómina a fin de mes -Dios los cría y ellos se juntan-, obras maestras que se disipan como una tormenta de verano, esos malos críticos se han enseñoreado de un oficio que sigo creyendo necesario o, al menos, conveniente. Sé que esto me convierte en “antidemócrata” -en la concepción popular de la democracia y para los Demócratas- pero, aunque todos tienen el mismo derecho a expresar su opinión, no todas las opiniones valen lo mismo. Por supuesto, no se puede culpar sólo a un grupo de malos profesionales y a la desconfianza que provocan. La irrupción de la blogosfera, donde se encuentran buenos críticos “gratuitos” es otra de las causas de la crisis, que son muchas. Al final, siempre es necesario alguien que sancione, que oficialice las bondades de un producto, en este caso de una obra literaria. Los nuevos gurús de las letras avisan desde atalayas diferentes, construidas por ellos mismos, pero no lo hacen peor que los viejos; Vicente Luis Mora, la gente de La tormenta en un vaso, Portnoy o Sergi Bellver, entre otros, son referentes inexcusados para aquél que busca buenos libros en el maremágnum editorial español, por delante de las recomendaciones de muchas firmas de suplemento.
Es posible que vuelva a publicar algo allá, pero ya no será para mí periódico. Ahora será Nuño on demand. No me considero crítico literario antes que nada, aunque no otra cosa he sido hasta ayer. Seguiré intentando trasladar mis emociones e impresiones a otros posibles lectores -siempre me he sentido más reseñista que crítico, término que alude a una solidez académica que yo no he ofrecido-, y si puedo hacer de celestina una vez más entre obra y lector, me sentiré inmensamente honrado.
Balance de agosto: tal y como me temía, he sido objeto de las burlas de Cronos. No he llegado ni a Verne ni a Conrad. Me leí una biografía de Cervantes, la de Fernández Álvarez y aún estoy con Guerra y paz, con el Epílogo, que el buen Tolstói podía haber obviado. Releo, despacio, la Senda hacia tierras hondas de Bashô. También disfruto, como un buen vino o un buen café, apreciando cada sorbo, Sombrero y Mississipí de Ray Loriga. Ya escribiré más de todo esto, ahora que tengo tiempo de sobra. En breve comenzaré con Alba Cromm, confieso que me asusta un poco. Por último, y no menos importante, ha aprendido que puedo leer con un bebé en brazos. ¡Nos calentamos mutuamente la barriguita! Dos placeres gratamente reunidos.
Lee mi reseña de El elefante en El Confidencial →
Texto de la contracubierta:
La eficacia satírica de Mrozek, que lo ha convertido en una figura venerada en su Polonia natal (así como en muchos otros países en los que su obra ha sido traducida), es de tal magnitud que ha sido considerado, incluso a su pesar, referencia ineludible. Con un humor punzante, cercano a veces al jocoso disparate, siempre finísimo y a veces definitivamente poético, mantiene en el lector, viva y sin grandilocuencia, una sonrisa que estalla a menudo en franca carcajada, en la que siempre palpita la fuerza vital de la libertad.
Biografía de Slawomir Mrozek:
Slawomir Mrozek (Borzecin, Polonia, 1930) estudió arquitectura, historia del arte y cultura oriental. Antes de darse a conocer como escritor, obtuvo cierto éxito como periodista y dibujante satírico. A partir de 1957, su carrera literaria se desdobla en dos facetas, la de autor dramático—que le ha merecido un reconocimiento universal y un extraordinario éxito popular—y la de narrador. Acantilado emprendió desde el 2001 la publicación de su obra narrativa. Entre sus libros destacan Juego de azar (Acantilado, 2001), La vida difícil (Acantilado, 2002), Dos cartas (Acantilado, 2003), El árbol (Acantilado, 2003), El pequeño verano (Acantilado, 2004) y Huida hacia el sur (2008).






























