Gusta decir que don Miguel condensa las esencias patrias, que es el orgullo de los españoles. Su vida viajera permite señalar, en tantas poblaciones, la “Casa de Cervantes”, aunque en ella sólo residiera un tiempo breve o sólo estuviera de paso. Por supuesto, su obra no se lee, no se leen los clásicos, aburridos y [...] [...more]
Gusta decir que don Miguel condensa las esencias patrias, que es el orgullo de los españoles. Su vida viajera permite señalar, en tantas poblaciones, la “Casa de Cervantes”, aunque en ella sólo residiera un tiempo breve o sólo estuviera de paso. Por supuesto, su obra no se lee, no se leen los clásicos, aburridos y anquilosados. Bueno, se lee el Día del Libro, pero cada lector sólo se aplica sobre un trocito del Quijote. Más, si de la obra cumbre de las letras españolas se habla más que se lee, menos aún son leídas otras menores, incluso fallidas, como La Galatea o Los trabajos de Persiles y Sigismunda, piezas de géneros extintos, tan difíciles de tomar en serio como la novela pastoril o la bizantina. Otra de las olvidadas, Viaje del Parnaso, ha tenido la fortuna de reverdecer en manos de Eduardo Vasco y la Compañía Nacional de Teatro Clásico; una de las mejores veladas teatrales que recuerdo.
Aunque no sea leído, nadie osa despreciar a don Miguel, Príncipe de las Letras, genio irrenunciable de la cultura española. Sin embargo, no lo fue hasta que así lo decidieron los ingleses que fueron, hay que reconocérselo, los primeros en advertir la grandeza literaria de Don Quijote. Aquí no era más que una novela de risas, y la risa, en España, resulta que no es seria. Algún rescoldo de esa amargura católica queda aún; un rescoldo presto a inflamarse, por otro lado: reír es rastrero, propio de la chusma. La gente seria, por supuesto, no ríe -o lo hace en la intimidad, sin ofender a nadie-. Sin embargo, ¿representan Cervantes o don Quijote y Sancho los valores de la sociedad española actual? ¿Tenemos razones para sentirnos orgullosos de don Miguel y de su obra?
Personalmente, me cuesta entender el orgullo ajeno, o la vergüenza ajena. Aunque los sienta. Pero no los entiendo. Supongo que tendrá que ver con alguna forma de empatía, con un error en su gestión psíquica. ¿Qué tuve yo que ver con el hallazgo de un nuevo continente? ¿Y con la victoria de Lepanto? ¿Con la redacción de Don Quijote? ¿Con el triunfo de la selección de fútbol en Sudáfrica? ¿Cómo voy a estar orgulloso de algo en lo que no tuve parte, si acaso beneficio? -Me convierte eso en aprovechado-. Y, al contrario, no me avergüenzo de los crímenes de Pizarro, ni de la tontuna de Fernando VII, o la intromisión de Rouco Varela en la vida civil española. Tengo mis responsabilidades al respecto, por supuesto. Debo conocer ese pasado en el que no tuve parte, pero sí beneficio o perjuicio. Soy, sin duda, consecuencia del viaje de Colón, de la tradición cultural en la que se inserta la obra cervantina, de la necedad del Rey Felón, y debo oponerme a las injerencias de cualquier religión en la vida civil, pública. Pero sentimientos como el orgullo o la vergüenza están fuera de lugar.
¿Y Cervantes? Admirarlo es suficiente. Me es más próximo que Shakespeare, a quien puedo leer a través del filtro de la traducción, a durísimas penas directamente. Más próximo que Dostoievski o Kafka, vedados en su lengua original -intenté aprender alemán, para leer El proceso; no funcionó: todo idioma con declinaciones debería ser prohibido o reformado, autoridades de la UNESCO-. Algo hay del mundo que retrata Cervantes que me es más familiar que una atmósfera petersburguesa, aunque las emociones de Lear o Raskólnikov o los Sutpen sean comunes a todo tiempo y lugar -de ahí que la literatura, por encima de Babel, sea universal-. Pero que el alcalaíno sea modelo de españoles… En su época ya era un resto del pasado, un soldado gentilhombre como los que empezaban a extinguirse, diezmados en los campos de batalla europeos, americanos y oceánicos -sin olvidar la miserable y ruin España de la época, de hambre y enfermedad-, su número ya insuficiente como para garantizar una nueva generación.
Uno de los sucesos más inesperados de la vida de don Miguel ocurre en su juventud, recién llegado a Madrid: Cervantes se bate en duelo con un tal Antonio de Sigura, lo hiere de gravedad y se ve perseguido por la justicia. Se ignora el motivo concreto, si tuvo que ver con sus orígenes plebeyos -su padre no era hidalgo, su madre sí- o con la ligereza moral de su hermana doña Andrea. En cualquier caso, un lance de honor, algo tan habitual en la época, en cualquier sociedad del Antiguo Régimen o de cualquiera de sus regímenes hermanos. Una sociedad muy tribal, todavía -como lo es la nuestra aún en los núcleos menores, aún en los dados en grandes urbes-. Una sociedad del honor y la vergüenza. Nada que ver con la actual. No es una degeneración, ni un avance. Es lo que es, dictado por las condiciones, tanto materiales como históricas. Hoy, los españoles que se dicen herederos de aquéllos -y en verdad lo son- persiguen ser humillados, ofendidos, vilipendiados y explotados. No es un proceso aislado, no es local. Pero lo hacen. Se dejan disfrazar y encadenar en sus despedidas de soltero, o van a programas de televisión donde son objeto de burla, de mofa y befa que decía don Pantuflo Zapatilla de Felpúdez. Con el único acicate de ser objeto de la mirada ajena, como un niño pequeño, al que no le importa su rostro arrasado en llanto y mocos si consigue que los adultos fijen en él su atención. Porque, no es eso tan sano de reírse de uno mismo: es reírse con los que se ríen de uno. Matices, dirán.
A pesar de los siglos pasados, una sociedad más inmadura. Puede que por haber renacido a finales del siglo XX, abolido al fin el Antiguo Régimen de las tribus, la honra y los duelos a espada. Pero en el que el individuo, al menos, conservaba un ápice de dignidad y se permitía defenderla.