Jun 19
Saramago y los males de la modernidad
Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: José Saramago19/06/2010
Es posible que el libro que me ha mantenido más absorto, incluso provocando alguna colisión, haya sido el Ensayo sobre la ceguera de José Saramago. Lo leía mientras comía, en el bus, y también caminando. Entonces aún no había desarrollado ese sexto sentido murcielaguesco que me permite intuir las farolas -todavía no puedo esquivar los bolardos destrozatibias de Madrid-, y me llevé algún golpe por ello. Aquella atmósfera asfixiante, la intensidad teatral del espacio cerrado, las limitaciones físicas y metafísicas que la ceguera implica. No podía dejarlo. Luego leí otras novelas suyas, algunas incluso mejores, pero ya no fue lo mismo: la impresión de descubrimiento es irrepetible. Últimamente Saramago había empezado a repetirse. Caín o Las intermitencias de la muerte mostraban a un autor en descenso. Su propia salud estaba muy dañada. Pero, hasta el último día fue fiel a sí mismo, a sus convicciones. Esa es una virtud que no se da mucho en la actualidad. Nos hemos acostumbrado al practicismo de la deslealtad. Por eso, aunque su ideología me pareció siempre ingenua y equivocada, admiré a Saramago. Rectificar es de sabios, pero a veces se necesita mucho valor para negarse a hacerlo, aunque el mundo entero grite en tu contra. Y el mundo lo hizo. Varias veces. Por su apoyo a Castro -luego rectificó, sabiamente-, por sus furibundos ataques al catolicismo -tenía más razón que un santo, ¡qué caray!-. En esos gritos estaba la confirmación se sus razones: que la fuerza se usa para aplastar al débil. Sólo que erraron: Saramago no era débil, aunque nunca abusó de su fuerza. La empleó para resistir. Su arma fue la literatura.
Lee mi despedida en El Confidencial →





























