May 24
Días grises, de Guillem March
Escrito en El dinosaurio que estaba allí.
Etiquetas: cómic, Dolmen, Guillem March24/05/2010
El miedo infantil, y muchas veces no tan infantil, a la oscuridad, nace de nuestros mermados ojos. Órganos capaces de distinguir millones de colores -pero menos que los producidos por el último televisor de las ofertas-, de calcular distancias con precisión, fueron diseñados para tomar frutas de los árboles, mas no para distinguir formas en la noche. No somos cazadores nocturnos: la evolución nos creó presas; mas nos dotó con una defensa que ha terminado siendo más afilada que las garras y colmillos de los leopardos que nos cazaban. Son los felinos los que tanto deben temer de nosotros, que en cambio dormimos plácidamente en mullidos colchones de viscolátex, en la calma de nuestros silenciosos pisos; igualmente en la altura, pero ya no en frágiles y expuestas ramas. Y, sin embargo, ese crujido del parqué, esas monedas que caen del bolsillo del pantalón sobre nuestras cabezas, una súbita ráfaga de viento en la persiana… Despertamos helados, sudorosos, sobrecogidos. Todo es negrura a nuestro alrededor. La respiración sólo recuperará su ritmo con la llave de la luz en la mano. El familiar tono anaranjado de la bombilla incandescente. A pesar de nuestra posición cenital en la cadena trófica, de la cuarta planta, de la puerta blindada, dormidos seguimos siendo vulnerables.
El sueño, tan deseado, tan placentero, es uno de nuestros puntos flacos. Buena parte de la ficción de terror ha jugado con esa indefensión del durmiente. El mal nos penetra desde los sueños, y eso no lo descubrió Wes Craven con su Freddy Krueger. Muchas fantasías románticas ya lo habían empleado, pero ese miedo es atávico. Los demonios y espíritus penetran nuestros sueños en todas las culturas, desde siempre. Y sin embargo dormimos. Todo este temor es ridículo si lo oponemos a otro mayor, el de no dormir. Brad Anderson compuso un aterrador relato del insomnio, soberbiamente interpretado por Christian Bale en El maquinista: su cuerpo aniquilado ya no es digno de confianza, su mente soñolienta se llena de fantasmas. Esa vigilia forzosa y sus fantasmas atormentan a David, protagonista de Días grises, que no es el último trabajo de Guillem March, pero sí es el último que yo he leído.
Lo mismo que el Reznik de Bale, David no puede dormir, en este caso por una apnea del sueño que le provoca pesadillas. Unas pesadillas que, como en las culturas antiguas, son advertencias u oráculos que le informan sobre aquello que la vigilia le esconde. Una llamada del inconsciente. Agotado, sus sistemas defensivos se agudizan. Sospecha, luego está despierto. Aquellos apoyos cotidianos, su mujer, su amigo Martín, empiezan a tomar el perfil de una amenaza. Mientras su cuerpo y su mundo se derrumban, su mente tampoco es capaz de sostenerse. Cuando las fronteras de la realidad y la ficción se empiezan a borrar el yo desaparece. La conciencia necesita distinguir con claridad entre lo real y lo irreal para sostenerse, de otro modo se abandona, o trata desesperadamente de sobreponerse, mas no sabe ya dónde apoyarse. Cuando sueño y vigilia se entremezclan, David se hunde en arenas movedizas.
Esta historia de Guillem March es muy diferente a todo lo que había producido con anterioridad. Por un lado estaban sus piezas humorísticas, como las recopiladas en Haciendo amigos y que habían ido apareciendo en Dolmen. Por otro, estaba el costumbrismo de sus féminas, Sofía, Ana, Victoria y Laura (ésta no ha llegado a mi reptiliana guarida), todo delicadeza y perspicacia emocional, y sin faltar ese elegante erotismo que llamó la atención de Playboy. Días grises está protagonizado, en cambio, por un personaje masculino, y masculino es el mundo que describe. Personalmente me ha sorprendido esa intensidad, también en el dibujo, ese realismo sucio, todo ello muy diferente del realismo cotidiano y de la melancolía de sus “chicas”. Días grises mantiene en vilo de un modo distinto pero igualmente efectivo, apoyándose no la emoción sino en la acción, pero manejando la psicología de sus personajes otra vez con maestría.
No siendo un gran lector de cómics, respeto mucho esta forma autónoma de ficción; y, de los autores españoles que conozco, Guillem March es mi preferido -aunque hace unos años no habría dudado en gritar ¡Ibáñez!-. La pena es que haya alcanzado tanto éxito como para ser requerido por el mainstream, y ahora sea dibujante de Batman y Sirens por delante de su propia creación. En cualquier caso, le ruego que, de cuando en cuando, nos deje caer perlas como Días grises y, aún mejor, otra de sus chicas. O que nos vuelva a dejar de piedra con algo totalmente diferente.
Días grises, ed. Dolmen, 48 págs. 14 €































