El vendedor de pasados es una novela fragmentaria, narrada por un geco y protagonizada por un negro albino cuyo oficio es inventar pasados y para quien “Eça [de Queiroz] fue mi primera cuna”. Si su curiosidad no se ve ya un poco excitada no sé qué más les puedo decir. Esta obra ha recibido el Independent Foreign Fiction Prize (2007) y su autor, José Eduardo Agualusa, es uno de los principales representantes de la nueva literatura africana. Nacido en Angola, de familia portuguesa y brasileña, salta a la vista que el mestizaje va a jugar un papel relevante en su escritura que, si bebe literariamente de la tradición portuguesa –como justifica su protagonista, Félix Ventura, en la cita anterior–, se ve muy influida por la cultura angoleña –también confiesa, al final de la novela, que es animista–.
La novela es una exploración de la memoria y la ficción en relación con eso que convenimos en llamar “realidad” –y que, según los estudios de Jeffrey M. Zacks, se procesan en los mismos lugares del cerebro; ergo, como ya sabía Hegel, todo es espíritu–. Y ello se plantea, tanto en los sueños que Ventura sueña a través de su geco Eulálio –“hay verdad, aunque no haya verosimilitud, en todo lo que un hombre sueña”–, como con la invención de la vida de José Buchmann, como a través de la literatura que tan importante es en la vida del vendedor de pasados y en su reptil amigo, que en su vida previa humana, recibió de su madre el consejo de que “entre la vida y los libros, elige los libros”.





























