May 21

Un veraneante en la literatura. Logaritmo, de Antonio Botín Polanco.

Escrito en El gabinete del dr. Mantell, El museo.
Etiquetas: , 21/05/2009

No sé cuántas novelas habrá dedicadas a “las playas del mundo”. Seguramente, muy pocas. También llaman la atención los apellidos del autor de esta peculiar novela, que sí, era pariente de los botines aunque por lo que se lee en Logaritmo, no parece que apreciara demasiado a la rama bancaria de la familia. Antonio Botín Polanco fue uno de los personajes de aquel Santander de los Baños de Ola, cultural y regio que recientemente ha retratado Álvaro Pombo y que el Consistorio quiere recuperar con vistas a 2016. Un entorno que se prestaba a una severa mirada crítica de la que hace uso abundante y brillante en esta novela, publicada originalmente en 1933, bajo la influencia de Ramón Gómez de la Serna y de José Ortega y Gasset, cuya amistad cultivó.

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Como se lee en la espléndida introducción de Alberto Santamaría “la presencia de Ramón en su obra es palpable en la búsqueda de un humor narrativo -no exento de lirismo-, o en su incesante transformación de la realidad a través del lenguaje” (p. 17-18). La presencia de Ortega y Gasset no es menor: desde el propio título de la novela, que hace referencia a la noción orteguiana de las palabras como “logaritmos de las cosas”, al uso de la ironía o las citas explícitas del capítulo XVI, sin mencionar el pensamiento sociológico que recorre toda la obra y que es el de Ortega. Simplificando groseramente, ve el mundo como el filósofo madrileño y lo escribe como Gómez de la Serna. Podríamos deducir de ello que Botín Polanco era escasamente original. Podríamos decirlo, y así parece. O que estaba en un estadio previo a la originalidad -la llamada voz propia- que no llegó a desarrollar, pues después de 1935 apenas escribió.

No son los personajes los que protagonizan el relato, sólo lo conducen: los protagonistas son pensamiento y lenguaje, Ortega y Ramón. Un pensamiento y un lenguaje aplicados a unas circunstancias históricas concretas, los años 30 -desde el final de la Monarquía hasta mediada la República-, y a unos puntos geográficos determinados, una ciudad costera de provincias, Madrid, París. Y pensamiento y lenguaje se aplican de forma crítica e irónica, inmisericorde: “una crítica fundamentalmente dirigida a la moral y a los valores de una burguesía abocada a una forma insustancial de vida” (p. 29), cebándose especialmente sobre la burguesía provinciana, a la que dedica agudas observaciones -”el matrimonio burgués, que ayunta a san Pablo con Adam Smith“-.

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La novela narra el enamoramiento de Carlos, evidente álter ego del autor, un vividor -”se había limitado a disfrutar los dineros que encontró bajo el cubierto que le correspondió en la comida”-, un señorito -en sentido orteguiano-, un espectador -”un invitado en la vida”-, y un cascarrabias a quien todo parece mal. Su voz se confunde con la del narrador, con quien coincide perfectamente en su cosmovisión -y lo mismo la enamorada, Mechita-. Los tres forman un club, al parecer selecto -no entra nadie más- frente a un mundo en el que imperan la vanidad, la codicia, la necedad, en todas las clases y orientaciones políticas -sólo se salvan los pescadores y algunos artistas-. Carlos y Mechita se enamoran de golpe, aunque ya se conocían, por sus dientes: “Ninguno de los dos era guapo. Pero los dos tenían los dientes limpios y blancos. Y estuvieron sonriéndose un rato, porque se tienen dientes, mitad para morder, mitad para enseñarlos”.

Domina la reflexión sobre la acción. Como novela en sentido tradicional sufre un poco, pero no es una novela tradicional. Al margen de los géneros el texto triunfa, fluye. Poco importa la inexistencia de una trama, de unos personajes tal y como aparecen en las novelas decimonónicas, por la viveza del lenguaje -”el azul del cielo se columpiaba sobre la mar, que respondía a las cosquillas de la hélice con una risa blanca”-, por el ritmo de la prosa -se lee como un poema; toda la novela es un largo romance en prosa-, por la hondura de la reflexión, por la sagaz ironía, por la ternura y el lirismo de los dos amantes -”los besos son rosas del deseo, carne del amor, espuma de sollozos cuando en lo fugaz clava su espina lo eterno”-. Botín Polanco es un escritor totalmente olvidado, aun en Santander. Hay novelas que, sin saberse la causa, se mueren; quizá porque, siendo bellas y fuertes, nadie las supo querer.

Logaritmo. Ed. Quálea. 232 págs. 17,95€.

Lee el original en El Confidencial…

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