May 28

Los borrachos de mi vida, de Nuria Labari

Escrito en El dinosaurio que estaba allí, El museo.
Etiquetas: , , 28/05/2009

Mostrarse frío y aun cruel, oponer siempre el espejo deformador es fácil, sólo hay que dejarse llevar. Buscar los pequeños gestos de dulzura, de esperanza, es mucho más dífícil, y al artista muchas veces lo aproxima al descrédito. Este es el gran mérito de Nuria Labari a la hora de componer estos relatos que se mueven en el universo cotidiano de la búsqueda del amor, de la realización personal, de la raigambre. Esa mirada delicada, pero no por ello temerosa –sino por el contrario más valiente– permite a la autora observar la vida cotidiana y encontrar leyes, no por evidentes más fácilmente visibles, como que los divorcios duran toda una vida o que la tristeza, en algunos estados de decaimiento, puede resultar un premio, o que hay quien es tan pobre que ni siquiera puede permitirse el miedo.

Los personajes de este fresco pueden ser cualquiera de nosotros, y esa empatía, que acerca al lector a las criaturas, hace aún más de agradecer la ternura del narrador, la suave textura de la escritura, en la cual el lector se siente comprendido y aun mimado. Y eso a pesar de lo poco que nos ayuda el entorno, material o inmaterial: “cuando abortas cuatro veces ni siquiera una rayita se difumina un poco con el paso de los días para que resulte más sencillo deshacerse al menos de uno de los plásticos”. Mas los personajes de Labari encuentran dentro de sí una fuerza secreta, la misma que pese a la anodina sucesión de los días nos hace levantarnos cada mañana: a veces la costumbre, otras la esperanza.

Ficha del libro en Lengua de Trapo

Publicado originalmente en El Confidencial

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May 28

El rival de Prometeo, de Sonia Bueno y Marta Peirano (eds.)

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 28/05/2009

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Y las máquinas heredarán la tierra. El rival de Prometeo. Sonia Bueno y Marta Peirano (eds.).

Dice el más famoso proverbio chino que tomemos precauciones ante nuestros deseos, porque podríamos verlos cumplidos. Desde tiempos inmemoriales el hombre anhela construir otros hombres, al margen del placentero método natural, por medios mecánicos. Esta antología de textos, que recoge ensayos, artículos y relatos, recorre el camino que el hombre ha seguido desde el siglo XVII para irse aproximando, lo más posible, a la consecución de un doble artificial, con todas las implicaciones filosóficas que ello tiene. No obstante, antes de ese momento el autómata ya figuraba entre los intereses del ser humano. Homero ya los mencionaba al servicio de Hefesto en La Ilíada; egipcios y griegos mostraron gran interés en las aves autómatas; y el tesoro de Chin Shih Hueng Ti contenía una orquesta mecánica. Ambas tradiciones, la aviaria y la musical, se sintetizarían en el gran constructor de autómatas del siglo XVIII, Vaucanson (págs. 39 a 53). Pueden encontrar una breve historia de los autómatas aquí.

Las editoras ponen el punto de partida en la doctrina cartesiana de la naturaleza dual del hombre: el cuerpo es una máquina perfecta, asimilable a un reloj o a un sistema hidráulico, pero animada por el principio divino del alma. Aunque no es cierto que el origen de la concepción mecanicista de la naturaleza humana esté en Descartes (págs. 31 a 38), la buena actitud propagandística del pensador francés, y su escasa inclinación a consignar el origen de sus ideas hacen de su obra foco recurrente de inspiración y referencia. A partir de ahí triunfó en la cultura popular el mito del relojero excelente que vende su alma al diablo para poder dotar de humanidad a su androide. El profesor Spalanzani de E. T. A. Hoffmann (págs. 151 a 207) es un claro ejemplo, pero muchos otros autores lo utilizaron, como Julio VerneEl maestro Zacarías–, Nathaniel Hawthorne –El artista de lo bello–, o Herman MelvilleEl campanario–. Por supuesto, no hay pecado mayor que la soberbia de equipararse a la divinidad y el precio es altísimo, como bien pudo comprobar Víctor Frankenstein. De todos modos, se necesita del concurso del Mal para alcanzar a Dios. El hombre, por ahora, es capaz de diseñar máquinas maravillosas, pero el aliento vital corresponde dárselo a seres sobrehumanos. Esto cambiará, aunque a La Mettrie (págs. 57 a 66) en su tiempo nadie le hizo caso.

El “pato cagón” (págs. 50 a 53) y el Turco (págs. 75 a 144) son sin duda los autómatas –no de ficción– más célebres de la historia. Y ambos resultaron ser un fraude. Aunque el Pato de Vaucanson era una máquina formidable, que graznaba, caminaba, aleteaba y comía, su principal reclamo –y motivo del chiste de Voltaire– era su capacidad para digerir y defecar el maíz que comía. Y el Turco era una figura capaz de vencer al ajedrez a casi cualquiera, incluyendo a Napoleón (págs. 123 a 126, con descripción de la partida) y a Benjamin Franklin –aunque el “Pequeño Cabrón” era un regular ajedrecista–. El Pato engañó a muchos, el Turco a bastantes menos, entre ellos a Edgar Allan Poe, que escribió un largo artículo refutando la autenticidad de las cualidades ajedrecísticas del muñeco (págs. 77 a 120). Y es que no es lo mismo cagar que pensar, si bien la mayor parte de los pensamientos no difieran mucho de… Del mismo modo que Vaucanson rellenaba el depósito fecal de su pato para que diera la impresión a los espectadores de un proceso digestivo, el Turco era operado, de manera ingeniosa, por algunos de los campeones de ajedrez de la época. Las tripas del Turco eran como el banquillo del Chelsea: el lugar que los mejores querían ocupar, pese al poco lustre.

Aunque hubo autómatas reales entonces, y maravillosos, como los músicos de Vaucanson, los más célebres –y ambiciosos– eran pura prestidigitación. Y es que las capacidades mecánicas del hombre no estaban del todo desarrolladas. El rechazo al Turco, además, era sintomático. El pensamiento se consideraba una exclusiva capacidad humana, y los autómatas sólo podían aspirar a simular una apariencia física de hombres. Pero poco a poco cunde la idea de que el ser humano no es más que una máquina hipercompleja, resultado de una larguísima evolución biológica –más las transformaciones sobrevenidas durante la vida, que no son poca cosa–. Ello hace rebrotar el temor existencial que provocaba el Turco: si somos mera maquinaria, por muy compleja que esta sea, ¿dónde queda el libre albedrío y la singularidad del hombre?

En el autómata, entonces, el hombre ve a su doble, ve “lo siniestro” (Freud, págs. 209 a 233). Se ve a sí mismo, o como se querría ver. Si el autómata no es equiparable, bien sea por su falta de autoconsciencia, de inteligencia o de calor, se refuerza “la complejidad e inaccesibilidad de nuestra propia condición”. Pero si el robot es igual a nosotros, si cumple con el test de Turing (págs. 317 a 361), se desencadena un problema existencial: en nada somos distintos de un cristal, de una ameba, de un reptil. De mi teléfono móvil. No somos algo único en la naturaleza. El ensayo toma aquí un rumbo nuevo pero igualmente siniestro: el camino hacia la máquina no ya igual que el hombre, sino mejor. El camino hacia la Singularidad (págs. 363 a 392), la pérdida total del control del hombre. El hombre, a pesar de todo, confía en dominar a criaturas más poderosas y perfectas que él, que sólo es frágil carne; ese es el intento de Isaac Asimov con sus Leyes de la Robótica (pag. 315). Sin embargo, demuestra Vinge que, con la aparición de la máquina autoconsciente entramos en un estado de Singularidad que escapa a nuestro control, así como a toda previsibilidad. Parece entonces que, el día en que nuestros sueños se cumplan, devendrán en pesadilla.

Ficha del libro en Impedimenta

Publicado originalmente en El Confidencial

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May 25

Manuel Filiberto, el último príncipe del Renacimiento

Escrito en El museo.
Etiquetas: , 25/05/2009

 

testa_di_ferroPara el lector español, Manuel Filiberto de Saboya fue el general que dirigió la batalla de San Quintín, gran victoria que Felipe II sólo aprovechó para poner en marcha su magno proyecto funerario y palaciego: El Escorial. Pero, ¿qué hacía el duque de Saboya gobernando los Países Bajos en nombre del Monarca español y dirigiendo sus ejércitos? Saboya perdió su independencia en 1536, en el marco de las guerras italianas entre Francisco I y Carlos V. Todo el ducado fue ocupado y así comenzó su vida itinerante, alejada de sus estados. Saboya se había convertido en un trozo de tierra vital para los proyectos de las dos grandes potencias del Renacimiento. La biografía de Pierpaolo Merlin se centra en los años en que, tras recuperar Saboya, se ocupó de dotar de una estructura moderna el estado, aun medieval, y sus movimientos diplomáticos para conservar y ampliar su autonomía frente a España y Francia.

La cuestión de su neutralidad ha sido muy debatida. Para algunos fue neutral –e italianista–; para otros, filoespañol; para otros, filofrancés. Aunque siempre buscó la manera de ser independiente, sabía que por una parte Francia siempre ansiaría sus estados –como confirmaría la historia– y, aunque con matices, España era su aliado más seguro y menos peligroso –algo que no entendió su hijo–, dado que para los intereses hispanos Saboya-Piamonte sólo era una marca para Milán, así como un paso necesario para sus tropas, y la garantía de equilibrio en Italia, lo que más convenía a sus intereses. De todos modos, su relación con España estuvo llena de recelos, especialmente por el lado español, pues Felipe II –aparte de tener una buena relación personal con su primo, al que apreciaba sinceramente– y sus ministros temían un posible acercamiento a Francia que pusiera en peligro Milán.

 

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May 21

Un veraneante en la literatura. Logaritmo, de Antonio Botín Polanco.

Escrito en El gabinete del dr. Mantell, El museo.
Etiquetas: , 21/05/2009

No sé cuántas novelas habrá dedicadas a “las playas del mundo”. Seguramente, muy pocas. También llaman la atención los apellidos del autor de esta peculiar novela, que sí, era pariente de los botines aunque por lo que se lee en Logaritmo, no parece que apreciara demasiado a la rama bancaria de la familia. Antonio Botín Polanco fue uno de los personajes de aquel Santander de los Baños de Ola, cultural y regio que recientemente ha retratado Álvaro Pombo y que el Consistorio quiere recuperar con vistas a 2016. Un entorno que se prestaba a una severa mirada crítica de la que hace uso abundante y brillante en esta novela, publicada originalmente en 1933, bajo la influencia de Ramón Gómez de la Serna y de José Ortega y Gasset, cuya amistad cultivó.

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Como se lee en la espléndida introducción de Alberto Santamaría “la presencia de Ramón en su obra es palpable en la búsqueda de un humor narrativo -no exento de lirismo-, o en su incesante transformación de la realidad a través del lenguaje” (p. 17-18). La presencia de Ortega y Gasset no es menor: desde el propio título de la novela, que hace referencia a la noción orteguiana de las palabras como “logaritmos de las cosas”, al uso de la ironía o las citas explícitas del capítulo XVI, sin mencionar el pensamiento sociológico que recorre toda la obra y que es el de Ortega. Simplificando groseramente, ve el mundo como el filósofo madrileño y lo escribe como Gómez de la Serna. Podríamos deducir de ello que Botín Polanco era escasamente original. Podríamos decirlo, y así parece. O que estaba en un estadio previo a la originalidad -la llamada voz propia- que no llegó a desarrollar, pues después de 1935 apenas escribió.

No son los personajes los que protagonizan el relato, sólo lo conducen: los protagonistas son pensamiento y lenguaje, Ortega y Ramón. Un pensamiento y un lenguaje aplicados a unas circunstancias históricas concretas, los años 30 -desde el final de la Monarquía hasta mediada la República-, y a unos puntos geográficos determinados, una ciudad costera de provincias, Madrid, París. Y pensamiento y lenguaje se aplican de forma crítica e irónica, inmisericorde: “una crítica fundamentalmente dirigida a la moral y a los valores de una burguesía abocada a una forma insustancial de vida” (p. 29), cebándose especialmente sobre la burguesía provinciana, a la que dedica agudas observaciones -”el matrimonio burgués, que ayunta a san Pablo con Adam Smith“-.

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La novela narra el enamoramiento de Carlos, evidente álter ego del autor, un vividor -”se había limitado a disfrutar los dineros que encontró bajo el cubierto que le correspondió en la comida”-, un señorito -en sentido orteguiano-, un espectador -”un invitado en la vida”-, y un cascarrabias a quien todo parece mal. Su voz se confunde con la del narrador, con quien coincide perfectamente en su cosmovisión -y lo mismo la enamorada, Mechita-. Los tres forman un club, al parecer selecto -no entra nadie más- frente a un mundo en el que imperan la vanidad, la codicia, la necedad, en todas las clases y orientaciones políticas -sólo se salvan los pescadores y algunos artistas-. Carlos y Mechita se enamoran de golpe, aunque ya se conocían, por sus dientes: “Ninguno de los dos era guapo. Pero los dos tenían los dientes limpios y blancos. Y estuvieron sonriéndose un rato, porque se tienen dientes, mitad para morder, mitad para enseñarlos”.

Domina la reflexión sobre la acción. Como novela en sentido tradicional sufre un poco, pero no es una novela tradicional. Al margen de los géneros el texto triunfa, fluye. Poco importa la inexistencia de una trama, de unos personajes tal y como aparecen en las novelas decimonónicas, por la viveza del lenguaje -”el azul del cielo se columpiaba sobre la mar, que respondía a las cosquillas de la hélice con una risa blanca”-, por el ritmo de la prosa -se lee como un poema; toda la novela es un largo romance en prosa-, por la hondura de la reflexión, por la sagaz ironía, por la ternura y el lirismo de los dos amantes -”los besos son rosas del deseo, carne del amor, espuma de sollozos cuando en lo fugaz clava su espina lo eterno”-. Botín Polanco es un escritor totalmente olvidado, aun en Santander. Hay novelas que, sin saberse la causa, se mueren; quizá porque, siendo bellas y fuertes, nadie las supo querer.

Logaritmo. Ed. Quálea. 232 págs. 17,95€.

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May 17

Qué difícil es…

Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: , 17/05/2009

 … mantener actualizado un blog, encontrar ideas y energías para darle lo que reclama, en forma de palabras, con la continuidad que precisa para no morir de sed (es como una planta).

Uno abre este cuerno de Amaltea pensando en los premios que de él van a salir, pero no imagina, durante el mágico momento de la concepción, que Audrey Jr. reclamará su alimento. Al principio son sólo unas gotas de sangre, apenas el sobrante que a veces se va solo por las narices, en la noche. Y se da con gusto, viéndola crecer, engordar. Las visitas de los diversos insectos, de alas más o menos brillantes, coloreadas (a veces con un perverso aguijón), son una fiesta de orgullo paternal.

this-is-audrey-jr- Lo estoy criando yo solo, con mi propia sangre.

Mas, pronto la criatura exige un sacrificio mayor. Frankenstein lo sabe bien. No basta con crear: el acto de la creación no es estático, sino constante. Las hordas de aldeanos asaltarán el castillo y querrán desmembrarlo. Después de todo, rechazó a aquella niña tan hermosa. El monstruo debe satisfacer a las hijas de todos, incluso las que sólo aguardan para burlarlo. Para algo se le dotó de tan titánica virtud. Y las niñas del pueblo siempre quieren más, persiguen al monstruo que, estorbado por las raíces, apenas les puede dar esquinazo fingiéndose alcornoque o membrillo.

Quizá un alma anémica como la mía no debería haber plantado nunca esta semilla, pero ¿es esa acaso una opción? ¿Eligió Seymur cultivar la planta? No, fue el amor por Audrey lo que le empujó a sus execrables crímenes. ¿Acaso no fue Boris Karloff el que obligó al buen Víctor a construirlo, para vengarse de Bela Lugosi?

Dice el famoso proverbio del poeta chino Gustave Flaubert, “Ten cuidado con tus sueños: son la sirena de las almas”. Pero si no te has atado a tiempo al mástil de tu navío, ya no te queda sino danzar.

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May 14

El color prohibido de Yukio Mishima, El arqueólogo enamorado y El Templo de la Luna

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , , 14/05/2009

mishima-de-takahashi-kazumiMishima o el placer de leer. El color prohibido. Yukio Mishima.

Con la publicación de El color prohibido, ya sólo queda una de las grandes obras de Yukio Mishima por traducir al castellano: Kyōko no Ie -La casa de Kyoko-, una de las novelas más valoradas por el autor, al contrario que la presente, de la que terminó renegando. Y eso que es una gran pieza narrativa, que roza la maestría y que está entre las mejores que se han publicado en lo que llevamos de año. Eso sí, los traductores, Keiko Takahashi y el siempre acertado Jordi Fibla, tienen que advertir que es una obra con “claroscuros”. Aquí, como en El pabellón de oro, novela prima hermana de esta, Mishima se lanza a retorcidas reflexiones en torno a la juventud y la belleza -también sobre el arte literario-, los temas que más le preocuparon y que finalmente le llevaron a su tragicómica muerte…

Por un puñado de piedras. El arqueólogo enamorado. Daniel Casado Rigalt.

A pocos se les escapa que en España es una potencia arqueológica. Quizá no tan cantosa como Egipto -que es a la arqueología lo que Brasil al fútbol-, pero sí resultona. Pocos países pueden decir que cuentan con el yacimiento donde han aparecido los europeos más antiguos -y algunos aquí siguen-, con la “Capilla Sixtina del arte cuaternario”, con ciudades fenicias, griegas y romanas -y las autóctonas tartésicas e íberas-, todo en tan reducido espacio. Durante siglos, no eran más que piedras. Los paisanos, demostrando que el reciclaje es costumbre inveterada, se llevaban columnas, dinteles y sillares para darle más solera a sus casas…

ET y el secreto de las civilizaciones perdidas. El Templo de la Luna. Fernando J. López del Oso.

Y seguimos con arqueología, aunque ahora del lado de la ficción. Si han visto ustedes -¡pobres!- la última película de la tetralogía de Indiana Jones, les será más fácil ponerle cara a un argumento parecido, aunque de ningún modo copiada; dado que no necesita impresionar con imágenes, trabaja mejor la trama, que sólo temblequea al final…

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May 07

Fanatismo, microcuentos y terrorismo

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , , 7/05/2009

 

arbol_locoPequeña gran literatura. Cazadores de letras. Ana María Shua.

Aún hoy, la mayoría de quienes toman en sus manos un libro de minicuentos se hacen la misma pregunta: ¿y esto qué es? Sobre este género tan contemporáneo se ha escrito más que en él. Se han formulado teorías de todo tipo, convocado congresos y reuniones, pronunciado disquisiciones bizantinas sobre algo que no importa demasiado. Dejando a estos sexadores de pollos al margen, los demás estamos para disfrutar de la lectura, sea cual sea su impronta. Por decir algo, los minicuentos son comparables a los platos de la nueva cocina. Ya saben, esas raciones minúsculas perdidas en la inmensidad del plato, pero plenas de sabores delicados, insinuantes, compactos…

Con los zapatos del revés. La rebelión del sentido común. Emilio Marat.

Es este un libro extraño y paradójico, cuyo paso por la imprenta desmiente parte de su contenido. Un contenido que es la voz misma de una parte, cada vez mayor, de ciudadanos. Una manifestación del descontento, de la desconfianza creciente ante la falta de respuestas eficaces, o el desacuerdo con las propuestas, en un mundo sujeto a permanente cambio, ante retos a veces nuevos, a veces de dimensiones sin precedentes. Es extraño por muchas cosas, también porque su título ocupa menos espacio en la cubierta que la frase: “¿es usted un fanático?”…

No sólo de personajes vive la novela. No hay que morir dos veces. Francisco González Ledesma.

El policía Méndez, que nunca llegará a comisario, está ante varios casos, aparentemente inconexos, cuya relación puede cambiar el curso de la historia de España. Él, un policía de los viejos tiempos, acostumbrado a las calles del Barrio Chino, a los delincuentes de poca monta, se encuentra sin saberlo, en los márgenes de una conspiración terrorista. Aunque sólo quiere recorrer sus calles e interesarse por sus pequeñas existencias, y si acaso que alguien le preste un libro, se va a encontrar de morros con los problemas del gran mundo… 

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