Mar 25

Lev Tolstói: Los cosacos

Escrito en El gabinete del dr. Mantell.
Etiquetas: , , 25/03/2009

 

joven-tolstoiHemos leído Guerra y paz, Anna Karenina, La muerte de Ivan Illich o Sonata a Kreutzer, las obras mayores -junto con Resurrección y Hadyi Murad- de ese gran novelista que fue Lev Tolstói, la cara de la literatura rusa -la cruz es Fíodor Dostoyevski-. Hemos visto a Greta Garbo como Karenina, a Mel Ferrer como el príncipe Andrei Bolkonsky. Hemos leído, o visionado, la obra de Tolstói y, haciéndolo, hemos conocido a Tolstói mismo, pues buena parte de su obra es autobiográfica, como lo es la de todo autor que se precie. En el plazo de un mes ha sido reeditadas dos obras quizá menores, pero no por ello menos relevantes, profundamente íntimas, Los cosacos, obra de juventud, y El padre Sergio, obra de madurez. La primera expresa sus anhelos de libertad y los vicios de la lujuria que la estorban, junto con los males de la sociedad corrupta; la segunda, el ansia de espiritualidad y, de nuevo, la lujuria hostigadora y condenadora: “Tengo la impresión de que predominan en mí tres pasiones insanas: el juego, la lujuria y la vanidad”.

Los cosacos fue publicada finalmente en 1863 pero fue escrita tiempo antes, aunque no de manera continua, durante su vida militar. Tolstói sirvió primero en el Cáucaso, el escenario de la novela, y luego en el Danubio, durante la terrible guerra de Crimea en la que obtuvo honores. Los paralelismos entre el Olenin de la novela y Tolstói son abundantes. La novela comienza con la despedida del protagonista de sus camaradas de parranda, en Moscú. Olenin ha elegido un destino militar en el Cáucaso, la frágil frontera sur del imperio, siempre amenazada por los abreks, nómadas insumisos. Pero, al mismo tiempo, pretende escapar de una vida vacía, vulgar y rastrera, la vida de un “joven ocioso”, aunque en realidad huye de sus muchas deudas, de una mujer a la que no ama y no sabe amar y de su propia inanidad. En las salvajes estepas, donde cabalgan libres los cosacos -aunque es una forma de libertad que habría que cubrir de matices-, aspira a encontrar el estímulo que despierte la grandeza que habita, dormida, en su interior.

No se sintió atraído por la vida militar el gran escritor. Su padre había llegado a teniente coronel, y en cierto modo era obligado seguir este camino. Lo hizo primero su hermano Nikolái, quien servía en las inestables fronteras del Cáucaso, amenazadas en el XIX como en la Edad Media por los pueblos de las estepas. A la edad de veintitrés años acompaña a su hermano a la guerra, aunque no como soldado, eso vendría después. Huye de las numerosas deudas de juego que deja en la capital, deudas que irán aumentando durante su vida militar. Anota en su diario personal el 7 de julio de 1854, refiriéndose a sí mismo en una distante tercera persona: “Se exilió en el Cáucaso para huir de las deudas y, sobre todo, de sus hábitos”.

La caballería cosaca. Fuente: Art and Faith.

Durante ese viaje en trineo que lo aleja de la civilización, Olenin se pregunta por su incapacidad de amar. Lo vemos reflejado en el diario el 8 junio de 1851, época en la que el autor viajaba hacia el Cáucaso: “No sé a qué llaman los hombres amor. Si el amor es lo que he leído y he oído decir que es, entonces no lo he sentido jamás”; y el 19 de octubre de 1852: “El amor no existe. Existe una necesidad carnal de comunicación y una necesidad racional de un compañero para la vida”. Tales son los pensamientos de ambos “ociosos”. El viaje a la frontera es, para ambos, un viaje interior, una búsqueda de sí mismos que, finalmente, sólo resolverá el alter ego físico, consagrando su vida a la escritura aunque, como es sabido, nunca renunciará del todo a su destino mesiánico en la sociedad rusa. La novela opone la vida licenciosa que lleva Olenin en Moscú -20 de marzo de 1852: “A lo largo del diario se ve una idea principal y un deseo: librarme de la vanidad que me asfixiaba y que arruinaba todos los placeres, y buscar los medios para librarme de ella”- y la vida sencilla, salvaje y libre de los cosacos. Que, sin embargo, también le está vedada porque él mismo no es puro, debido a su lujuria, algo de lo que Tolstói se queja constantemente en su diario, lamentándolo, como de la afición al juego (que no comparte con su personaje).

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La novela está construida con los recuerdos y experiencias y conversaciones que atesoró durante aquel exilio voluntario a la frontera, durante aquella huida hacia su interior -diario, 12 de junio de 1851: “Sigo buscando  no sé qué estado de ánimo, un punto de vista sobre las cosas, un modo de vida que no puedo ni encontrar ni definir”-. La construye con los relatos de Yepishka, su casero, que en la novela se convertirá en el tío Yéroshka: 10 de agosto de 1851: “La personalidad de Marka, quien en realidad se llama Luká, es tan interesante y tan típicamente cosaca que vale la pena ocuparse de ella. Mi casero, Yepishka, un anciano de la época de Yermólov, un cosaco sinvergüenza y bromista, lo llamó Marka en virtud de que, como él dice, son tres los apóstoles: Lucas, Marcos y Nikita mártir, y da igual uno que otro”.  Lukashka se convertirá también en personaje de la novela, conservando el nombre, al igual que Márenka, a la que conoce en Goriachevodsk y se convierte en la Mariánka, que descubre la amargura del amor a Olenin.

En cualquier caso, creo que es un error considerar que Tolstói apreciara o admirara a los cosacos. Tolstói no quiere ser cosaco y de ahí el fracaso del sueño romántico de Olenin. Valoraba de ellos algunas actitudes, algunos valores, pero en general muestra claro desprecio por un pueblo cruel y bárbaro. Es su vida en la naturaleza, su cercanía a la tierra, lo que valora. Tolstói quería y admiraba a los campesinos y su condición telúrica, su abnegación, su austera sencillez. La quería para sí, al tiempo que de alguna manera la despreciaba; no podía desprenderse de su espíritu de clase, aunque también era consciente de lo despreciable que era, y así lo manifestaba. La contradicción es común entre los grandes hombres y uno de los motores del arte, y el motor de Tolstói, basado en el sentimiento de culpa derivado de estas y otras contradicciones -como su lujuria y su recato-, era uno muy potente.

Los cosacos por Scheloumoff. Fuente: George's Pictures

Estoy de acuerdo con Guillermo Urbizu en que Los cosacos nos devuelve el antiguo, puro placer de la lectura. Es lo primero que pensé cuando hube leído el primer capítulo de la novela, El fugitivo. Es esa ingenuidad narrativa del joven Tolstói, que prefigura al enorme autor de la Karenina, esa ingenuidad fascinante que sobrevivió a las posteriores correcciones y que era connatural al texto. Anota en su diario: “Corregí Los cosacos: terriblemente débil. Seguramente al público por eso le gustará”. Expresión que contiene un ligero desprecio por sus lectores, que sin embargo perciben esa debilidad y la aprecian; sí, es su debilidad la que hace de Los cosacos una lectura deliciosa, que se disfruta, salvando las distancias, como el cine de serie B que se entrega, desnudo y simplicísimo, al espectador.

Ficha: Los cosacos. Ed. Atalanta. 232 págs. 19 €.

Nota: las citas del Diario(1847-1894) se han extraído de la edición de Acantilado, traducida por Selma Ancira.

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