Mar 26

Arturo Pérez Reverte: Nuevos hombres para un Nuevo Mundo

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 26/03/2009

 

Hernán CortésHay una larga cadena heroica que comienza con Alejandro Magno, quien sirvió de ejemplo a Julio César, y concluye con Hernán Cortés, que se inspiró en el gran general romano para emprender una hazaña que superaría a la de los grandes héroes clásicos. Cortés conquistó México con la fuerza de su determinación, con su arrojo, con su ingenio. Y, después de él, ningún otro ha conseguido añadir un eslabón más a la cadena. Pero no estuvo solo, sino acompañado de una raza de hombres irrepetible, ornada de luces y embutida en sombras.

La novelita de Arturo Pérez Reverte, Ojos azules, es radicalmente opuesta a la más célebre obra de ficción sobre la conquista del Imperio azteca, El dios de la lluvia llora sobre México, de Lászlo Passúth. Todo lo que tiene de extensa la novela del húngaro lo tiene de intenso el cuento del cartagenero. Pérez Reverte no toma la egregia figura de Cortés como protagonista, sino la de uno de los soldados –que bien pudiera ser uno de los bisoños de Pánfilo de Narváez-, ni atiende a la épica inherente al desastre de la Noche Triste, sino a una muerte puntual y a su significado en la historia posterior de América y España: la sangre, que empapó Anáhuac desde los pechos de conquistadores y conquistados, regó además las semillas de una nueva raza, de un Nuevo Mundo.

 

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Mar 26

Lev Tolstói: El padre Sergio

Escrito en El gabinete del dr. Mantell.
Etiquetas: , , 26/03/2009

 

Lev Tolstói por Ilia Efimovich Repin. Fuente: WikipediaTenía pensado un artículo comparando El padre Sergio con su Confesión, del mismo modo que con Los cosacos tracé líneas hacia los Diarios. Pero como eso ya lo ha hecho, y muy bien, Almudena Guzmán en ABC, pues me la envaino y procuraré en el futuro ser más rápido y que sean otros los que tengan que abrirse la cabeza buscando un enfoque original. No obstante sigo poseído por la fiebre parangonera (que transmite el mosquito de Auerbach). Así que, recordando sus memorias noveladas, Infancia, Adolescencia, Juventud, me vinieron a la nuez (recuerden mi reptiliana condición) dos personajes de la niñez de Tolstói, el peregrino Grisha, cargado de cadenas, y la abnegada criada Natalia Sávishna. Ambos personajes me recuerdan, mucho, al padre Sergio y a su ángel redentor, Páshenka.

Grisha es un peregrino, de ésos tan habituales en las novelas rusas, que recorren los caminos confiando en su santidad como sostén, no sólo moral, sino también físico. Los ricos les alojan, y así aparece Grisha en la vida de Tolstói, a la sazón un niño de diez años. El peregrino pasa unos días en la dacha familiar, en la aldea de Petróvskoie, invitado por la madre. Los niños quedaron  muy impresionados por su aspecto: “un hombre de unos cincuenta años, con el rostro pálido y picado de viruelas, el cabello largo, canoso, y una barba rala y rojiza. Era tan alto que para cruzar la puerta no sólo tenía que agachar la cabeza, sino doblar el cuerpo. Estaba vestido con algo raído parecido a un caftán y a una sotanilla; sostenía en la mano un enorme cayado, con el que golpeó el suelo con todas sus fuerzas al entrar. Frunció el ceño y, abriendo desmesuradamente la boca, se echó a reír del modo más horroroso y antinatural. Era tuerto y la pupila, cubierta por una nube, saltaba incesantemente y añadía a su rostro -feo de por sú- una expresión aún más repugnante” (Infancia. Ed. Alianza, pág. 35. Trad. de Víctor Andresco).

Tan impresionados quedaron, que decidieron esconderse en un armario para espiarle y ver, por sí mismos, las cadenas que se rumoreaba llevaba el santón enrolladas alrededor de su cuerpo. Entonces el joven Tolstói observó la pura fe del peregrino, que clama, como el padre Sergio durante su retiro, “¡Perdóname, Señor, enséñame lo que debo hacer…; enséñame lo que debo hacer, Señor!”, y manifiesta que “la impresión y el sentimiento que despertó en mí no desaparecerán de mi memoria”. No desapareció, a juzgar por lo que leemos en El padre Sergio, sus constantes súplicas de socorro a Dios ante las coacciones de la lujuria y la zapa de la duda.

Kurskaya korennaya por Iliá Repin. Fuente: Wikipedia

En cuanto a Páshenka, era una niña algo boba aunque seguramente más por falta carácter que por falta de intelecto, de la que Kasatski, junto con muchos otros niños, se reía. Mas luego descubre en ella la verdadera fe, el auténtico servicio a Dios a través del servicio al prójimo. Enseñanza por la que, obviamente, también se empeñó Tolstói, su perenne empeño por redimir al campesinado ruso. Por su parte, la Natalia Sávishna de su infancia, “no vivía más que para el bienestar de los señores (…). No sólo no hablaba de sí misma, sino que, al parecer, ni pensaba en su existencia. Todo en su vida era amor y sacrificio”.

Es interesante leer el artículo Tolstoi: El hermano mayor de Dios, pues rara vez se lee una versión tan crítica (quizá excesivamente virulenta y agresiva) de alguien generalmente alabado por su grandeza moral y su humanismo. Se le interpreta como ególatra, vanidoso y exhibicionista, algo que encaja muy bien con el padre Sergio, que es igual hasta su definitiva transformación. Tolstói, entonces, conocería el camino pero no cómo seguirlo. En el cuento, Tolstói escribe sus propios conflictos espirituales, se retrata en un Kasatski que, en todo cuanto emprende, busca el reconocimiento y el halago público. En ambos, la existencia es una permanente lucha contra el sentimiento de culpa, contra el orgullo aferrado a su naturaleza.

Ficha: El padre Sergio. Trad. Bela Martinova. Rey Lear. 112 págs. 9,95 €

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Mar 25

Lev Tolstói: Los cosacos

Escrito en El gabinete del dr. Mantell.
Etiquetas: , , 25/03/2009

 

joven-tolstoiHemos leído Guerra y paz, Anna Karenina, La muerte de Ivan Illich o Sonata a Kreutzer, las obras mayores -junto con Resurrección y Hadyi Murad- de ese gran novelista que fue Lev Tolstói, la cara de la literatura rusa -la cruz es Fíodor Dostoyevski-. Hemos visto a Greta Garbo como Karenina, a Mel Ferrer como el príncipe Andrei Bolkonsky. Hemos leído, o visionado, la obra de Tolstói y, haciéndolo, hemos conocido a Tolstói mismo, pues buena parte de su obra es autobiográfica, como lo es la de todo autor que se precie. En el plazo de un mes ha sido reeditadas dos obras quizá menores, pero no por ello menos relevantes, profundamente íntimas, Los cosacos, obra de juventud, y El padre Sergio, obra de madurez. La primera expresa sus anhelos de libertad y los vicios de la lujuria que la estorban, junto con los males de la sociedad corrupta; la segunda, el ansia de espiritualidad y, de nuevo, la lujuria hostigadora y condenadora: “Tengo la impresión de que predominan en mí tres pasiones insanas: el juego, la lujuria y la vanidad”.

Los cosacos fue publicada finalmente en 1863 pero fue escrita tiempo antes, aunque no de manera continua, durante su vida militar. Tolstói sirvió primero en el Cáucaso, el escenario de la novela, y luego en el Danubio, durante la terrible guerra de Crimea en la que obtuvo honores. Los paralelismos entre el Olenin de la novela y Tolstói son abundantes. La novela comienza con la despedida del protagonista de sus camaradas de parranda, en Moscú. Olenin ha elegido un destino militar en el Cáucaso, la frágil frontera sur del imperio, siempre amenazada por los abreks, nómadas insumisos. Pero, al mismo tiempo, pretende escapar de una vida vacía, vulgar y rastrera, la vida de un “joven ocioso”, aunque en realidad huye de sus muchas deudas, de una mujer a la que no ama y no sabe amar y de su propia inanidad. En las salvajes estepas, donde cabalgan libres los cosacos -aunque es una forma de libertad que habría que cubrir de matices-, aspira a encontrar el estímulo que despierte la grandeza que habita, dormida, en su interior.

No se sintió atraído por la vida militar el gran escritor. Su padre había llegado a teniente coronel, y en cierto modo era obligado seguir este camino. Lo hizo primero su hermano Nikolái, quien servía en las inestables fronteras del Cáucaso, amenazadas en el XIX como en la Edad Media por los pueblos de las estepas. A la edad de veintitrés años acompaña a su hermano a la guerra, aunque no como soldado, eso vendría después. Huye de las numerosas deudas de juego que deja en la capital, deudas que irán aumentando durante su vida militar. Anota en su diario personal el 7 de julio de 1854, refiriéndose a sí mismo en una distante tercera persona: “Se exilió en el Cáucaso para huir de las deudas y, sobre todo, de sus hábitos”.

La caballería cosaca. Fuente: Art and Faith.

Durante ese viaje en trineo que lo aleja de la civilización, Olenin se pregunta por su incapacidad de amar. Lo vemos reflejado en el diario el 8 junio de 1851, época en la que el autor viajaba hacia el Cáucaso: “No sé a qué llaman los hombres amor. Si el amor es lo que he leído y he oído decir que es, entonces no lo he sentido jamás”; y el 19 de octubre de 1852: “El amor no existe. Existe una necesidad carnal de comunicación y una necesidad racional de un compañero para la vida”. Tales son los pensamientos de ambos “ociosos”. El viaje a la frontera es, para ambos, un viaje interior, una búsqueda de sí mismos que, finalmente, sólo resolverá el alter ego físico, consagrando su vida a la escritura aunque, como es sabido, nunca renunciará del todo a su destino mesiánico en la sociedad rusa. La novela opone la vida licenciosa que lleva Olenin en Moscú -20 de marzo de 1852: “A lo largo del diario se ve una idea principal y un deseo: librarme de la vanidad que me asfixiaba y que arruinaba todos los placeres, y buscar los medios para librarme de ella”- y la vida sencilla, salvaje y libre de los cosacos. Que, sin embargo, también le está vedada porque él mismo no es puro, debido a su lujuria, algo de lo que Tolstói se queja constantemente en su diario, lamentándolo, como de la afición al juego (que no comparte con su personaje).

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La novela está construida con los recuerdos y experiencias y conversaciones que atesoró durante aquel exilio voluntario a la frontera, durante aquella huida hacia su interior -diario, 12 de junio de 1851: “Sigo buscando  no sé qué estado de ánimo, un punto de vista sobre las cosas, un modo de vida que no puedo ni encontrar ni definir”-. La construye con los relatos de Yepishka, su casero, que en la novela se convertirá en el tío Yéroshka: 10 de agosto de 1851: “La personalidad de Marka, quien en realidad se llama Luká, es tan interesante y tan típicamente cosaca que vale la pena ocuparse de ella. Mi casero, Yepishka, un anciano de la época de Yermólov, un cosaco sinvergüenza y bromista, lo llamó Marka en virtud de que, como él dice, son tres los apóstoles: Lucas, Marcos y Nikita mártir, y da igual uno que otro”.  Lukashka se convertirá también en personaje de la novela, conservando el nombre, al igual que Márenka, a la que conoce en Goriachevodsk y se convierte en la Mariánka, que descubre la amargura del amor a Olenin.

En cualquier caso, creo que es un error considerar que Tolstói apreciara o admirara a los cosacos. Tolstói no quiere ser cosaco y de ahí el fracaso del sueño romántico de Olenin. Valoraba de ellos algunas actitudes, algunos valores, pero en general muestra claro desprecio por un pueblo cruel y bárbaro. Es su vida en la naturaleza, su cercanía a la tierra, lo que valora. Tolstói quería y admiraba a los campesinos y su condición telúrica, su abnegación, su austera sencillez. La quería para sí, al tiempo que de alguna manera la despreciaba; no podía desprenderse de su espíritu de clase, aunque también era consciente de lo despreciable que era, y así lo manifestaba. La contradicción es común entre los grandes hombres y uno de los motores del arte, y el motor de Tolstói, basado en el sentimiento de culpa derivado de estas y otras contradicciones -como su lujuria y su recato-, era uno muy potente.

Los cosacos por Scheloumoff. Fuente: George's Pictures

Estoy de acuerdo con Guillermo Urbizu en que Los cosacos nos devuelve el antiguo, puro placer de la lectura. Es lo primero que pensé cuando hube leído el primer capítulo de la novela, El fugitivo. Es esa ingenuidad narrativa del joven Tolstói, que prefigura al enorme autor de la Karenina, esa ingenuidad fascinante que sobrevivió a las posteriores correcciones y que era connatural al texto. Anota en su diario: “Corregí Los cosacos: terriblemente débil. Seguramente al público por eso le gustará”. Expresión que contiene un ligero desprecio por sus lectores, que sin embargo perciben esa debilidad y la aprecian; sí, es su debilidad la que hace de Los cosacos una lectura deliciosa, que se disfruta, salvando las distancias, como el cine de serie B que se entrega, desnudo y simplicísimo, al espectador.

Ficha: Los cosacos. Ed. Atalanta. 232 págs. 19 €.

Nota: las citas del Diario(1847-1894) se han extraído de la edición de Acantilado, traducida por Selma Ancira.

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Mar 24

J. R. R. Tolkien: Cuentos desde el Reino Peligroso

Escrito en El gabinete del dr. Mantell.
Etiquetas: , , 24/03/2009

El británico –aunque nacido en Sudáfrica–  Ronald Tolkien dejó escritas centenares y centenares de páginas que amplían el mundo de El Señor de los Anillos y que, a día de hoy, siguen lanzándose a la imprenta gracias al esfuerzo de su hijo Christopher –en mayo se publicará, en Gran Bretaña, otra obra inédita, La Leyenda de Sigurd y Gudrún, en este caso perteneciente al ciclo de los Nibelungos–. Las piezas incluidas en estos Cuentos desde el Reino Peligroso ya se habían publicado con anterioridad, si bien no reunidas en un mismo volumen.  El criterio que Tom Shippey, editor de la obra, parece haber seguido para seleccionar estos cuentos es el de haberse desarrollado en el Reino Peligroso, el País de las Hadas. Aunque relatos como Hoja de Niggle difícilmente encaja en el mismo espacio literario que Egidio el granjero de Ham, y es de hecho una obra peregrina dentro del corpus tolkiniano, pero que dice mucho del autor, así como el apéndice, el ensayo “Sobre los cuentos de hadas”.

Quizá sorprenda que el País de las Hadas sea catalogado de “peligroso”. El peligro no es lo primero que nos viene al pensamiento cuando pensamos en hadas, mujeres aladas diminutas, mariposas con cuerpo de mujer.  Y es que Tolkien aborrecía a la típica Campanilla de influencia francesa que degradaba la imagen tradicional del elfo inglés y nórdico (un ser joven y bello, fuerte y poderoso, una suerte de superhumano o de humano no caído).  Y es que “los habitantes del País de las Hadas pueden no querer hacer daño, pero siguen siendo peligrosos para los mortales normales. Quienes se los encuentran pueden no volver a ser los mismos”. Este es el tema de El herrero de Wootton Mayor y del poema “La campana de mar”, el poder de Fantasía sobre el hombre. Porque no debemos cometer el error de pensar que los cuentos de hadas son “para niños”, eso es “un accidente de nuestra historia doméstica”.

Glorfindel lucha con el Balrog, por John Howe

En el colofón de este volumen, el ensayo “Sobre los cuentos de hadas” define e investiga el origen de la fantasía como género, así como sus efectos sobre los hombres, justificando además por qué considera el género como el más alto al que un escritor puede dedicarse, no sólo porque es el más difícil (si se hace bien: la imaginación desatada es fácil de lograr) sino porque es más cercano al papel creador de Dios, de ahí que hable de “subcreación” para definir el proceso constructivo del relato de fantasía. Y, ciertamente, esto es lo que hizo Tolkien: crear un universo completo (Eä) –sistemáticamente, no como otros autores menos dotados que se contentan con un mero agregado de héroes, culturas y acontecimientos–. La fantasía es como cualquier otro género literario, funciona según las mismas reglas que cualquier otro relato, aunque posea las suyas propias, como cualquier género. Pero no es uno aparte, segregado del tronco común de la literatura.

 “Sobre los cuentos de hadas” es una confesión y una auténtica poética de mucho más alcance de lo que reza el título. Es una creación muy personal en la que Tolkien desbarra sobre sus  amores y temores. Este libro contiene además otros dos textos fundamentales para la comprensión del arte narrativo del maestro del fantasy: Hoja de Niggle y El herrero de Wootton Mayor. Hoja de Niggle es el relato más extraño de la producción tolkiniana, aunque tan sólo lo es dentro de ese corpus. Fuera de él es de lo más común, una alegoría de los miedos y emociones profundas de su autor. En el cuento, Tolkien expresa su miedo a no poder terminar su magna obra (la mitología de Arda, ciertamente inacabada) y expone las causas de tal incapacidad. Tolkien, enfermo de ultracorrección, asistemático y, externamente, acosado por las obligaciones, dejó mucho por hacer. Pero esto también dice mucho de su grandeza: el desarrollo de su obra ha consumido también la vida de su hijo Christopher, y aún queda mucho por hacer. Después de todo, la subcreación de un universo es un trabajo ingente, hasta para el más dotado de los hombres.

Ancalagon. Fuente: Lord of the Rings Online

Las piezas que componen este volumen, en mayor o menor medida, son algunos aquellos cuadros que Niggle adosaba a la su gran pintura del Árbol. Ayudan a dar mayor profundidad a Eä y ayudan a conectar el mundo de Frodo, de Morgoth, de Glorfindel, con el nuestro. En ellos, pese a la aparente sencillez e infantilismo, “hay atisbos de cosas más antiguas, oscuras y profundas”. Sin embargo, no todos están dotados del buen pulso narrativo de Tolkien. Roverandom es un relato repleto de maravillas, con escenas de gran belleza, pero carente de ritmo y tensión. No es extraño que sólo se publicara en 1998, veinticinco años después de la muerte de su celebérrimo autor, 73 años después de ser escrito, 62 años después de la primera tentativa de publicación. Y en cuanto a los poemas de Tom Bombadil, como textos procedentes de diversos momentos de inspiración, agregados casi artificialmente en un único tomo, son francamente irregulares. No obstante, incluye joyas como “Errabundo” o “El tesoro”.

Egidio, el granjero de Ham es quizá el relato más conocido del volumen. Se trata de una leyenda bien tramada, divertida, más cercana en el tiempo que las aventuras de Bilbo, pues parece inscribirse en tiempos ya históricos, aunque todavía quedaban dragones y gigantes. Se trata un manifiesto conservador en el que “lo viejo y lo tradicional derrotan a lo académico y lo moderno”. Así, el trabuco de Egidio es confundido con “tábanos”, pero la mera presencia de Tajarrabos basta para someter al terrible dragón Crisófilax. De entre los cuentos de hadas tradicionales de Tolkien, quizá sea el mejor, en parte gracias al humor que lo recorre y vivifica.

http://animefrikirol.blogspot.com/2007_03_01_archive.html

Tolkien lleva décadas formando parte de la educación lectora de Occidente, aunque no siempre ha sido valorado justamente como escritor y tan sólo como renovador de un género muy concreto y como autor de un best–seller inmortal –algo parecido a Los tres mosqueteros–. Más allá de sus cualidades como renovador de géneros y de mitos, como constructor de universos –Mundo Secundario–, Tolkien debe ser reivindicado como literato, pues tal cosa se sentía, y no otra cosa es. En su obra se tratan, con gran profundidad, los grandes temas de la literatura, las grandes preocupaciones del hombre, y se abordan desde las relaciones entre personajes, y entre estos y el mundo que les rodea. Literatura pura. Y es cierto que escogió una forma arcaizante, que dificulta la percepción de matices, que hay dragones y duendes, que sus personajes se mueven por valores antiguos, y que “Fantasía no puede quedar atrapada en una red de palabras, porque una de sus cualidades es la de ser indescriptible, aunque no imperceptible”.  Todo son dificultades, pero la obra de Tolkien pervive y crece y ocupa un lugar propio en el corazón de sus lectores. Por algo será.

Ficha: Cuentos desde el Reino Peligroso, J. R. R. Tolkien. Editorial Minotauro, 2009. 400 páginas. 21.50 €

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Mar 14

Álvaro Pombo: Virginia o el interior del mundo

Escrito en El museo.
Etiquetas: , , 14/03/2009

 

pomboCualquier pombista que se precie recordará de inmediato, apenas haya abierto la última novela de Álvaro Pombo (Santander, 1939), a la tía Nines y a su Indalecio de Donde las mujeres. Ese mismo amor enfermo que atrapa y encierra y condena –y libera, distingue y autentifica–. O reconocerá el retiro de Virginia en Campogiro como primo del de Juan Campos en La fortuna de Matilda Turpin –e identificará a la propia Virginia con la Isabel de la Hoz de Una ventana al norte–. Cualquier pombista que se precie encontrará tantas y tantas imágenes, personajes –Gabriel, la abuela–, situaciones, conversaciones familiares; y recursos estilísticos, narrativos; y reflexiones, y trasiegos filosóficos. Y Santander, que aquí se llama Santander con todas las letras y toda la evocación de una época ya cerrada, perdida y olvidada –asistimos en esta novela a su disolución–.

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Mar 12

Atisbado en… El País: Letraproletarios

Escrito en Mirada de troodon.
Etiquetas: 12/03/2009

Si parece que a las editoriales la crisis no les iba a tratar del todo mal, parece que, al menos, a los escritores sí. No me abandonan Fobos ni Quentin Beck, y sigo asustado con el abismo que se abre en el futuro del escritor. Al final, la blogosfera va a terminar siendo la Tierra Seca de la escritura.

Letraproletarios

Por Manuel Rodríguez Rivero, El País, 11 de marzo de 2009.

Editores, distribuidores y libreros -entre otros agentes- forman parte esencial de la (todavía vigente) cadena del libro. Sin sus respectivas actividades y negocios se quebrarían los canales de comunicación que trasladan a la sociedad -es decir, a los lectores- las variadas creaciones literarias de los autores, que son quienes las imaginan y componen. Hasta aquí lo evidente. Pero seguramente uno podría imaginarse un mundo -en un futuro hipertecnológico, pero no necesariamente lejano- en el que todos ellos desaparecieran, o en el que sus respectivas funciones (producto de la división del trabajo del antiguo bibliópola) pudieran ser asumidas total o parcialmente por el elemento más creativo del conjunto.

Los autores -en el más amplio sentido, incluyendo a los traductores, o a los ilustradores en el caso de los libros infantiles-, en cambio, son imprescindibles: hasta donde puedo saber, todavía no se han inventado cyborgs con imaginación creadora y talento para expresarla por escrito. Ellos son, por tanto, la auténtica piedra angular de un sistema cuyas mercancías son también bienes culturales, y en el que las tensiones entre valor de uso y valor de cambio resultan particularmente significativas. En otras palabras, y más crudamente: sin autores no hay negocio, pero tampoco cultura escrita.

Pero, paradojas del capitalismo, también son el eslabón más débil de la cadena. Por supuesto, hay autores y autores. Y siempre los ha habido: no me refiero a su calidad o influencia (que también), sino a su papel como colectivo en el mercado. Desde que, a principios de los ochenta del siglo pasado, y en una coyuntura dinamizada por la progresiva eliminación de los corsés de la Dictadura, algunos escritores -al amparo de lo que se llamó “nueva narrativa”- consiguieron mayor visibilidad y un incipiente glamour avalado por el éxito económico y mediático, el público ha tendido a confundir como categoría lo que no deja de ser una anécdota: el hecho de que un grupo de escritores pueda vivir exclusivamente de su trabajo no significa que el conjunto no adolezca de una estrepitosa precariedad laboral.

Lo anterior me lo sugiere un reciente artículo de Le Magazine Littéraire titulado, muy a la francesa, Les écrivains, ces nouveaux prolétaires?, en el que se denuncia el alarmante deterioro económico del colectivo de escritores, alejado, en este caso, de todo glamour. Claro que existen instituciones -como, entre nosotros, Cedro (Centro español de derechos reprográficos)- que contemplan “ayudas asistenciales” para “situaciones de urgencia o necesidad”, pero lo cierto es que el oficio de escritor, por sus propias características, no participa automáticamente de los instrumentos de protección y cobertura de que gozan otras profesiones.

Y tampoco de las mismas oportunidades a la hora de participar en el reparto de la tarta que genera su trabajo. Ahí tienen, por ejemplo, el caso de Editis, uno de los gigantes editoriales (hasta hace poco) franceses. Cuando en 2008 Wendel se lo vendió a Planeta obtuvo una plusvalía de 350 millones de euros. Sus empleados consiguieron, tras las consabidas protestas y plantes, una “gratificación” a cuenta de los beneficios. Pero los autores -es decir, la materia prima del negocio- se quedaron igual que antes. Bueno, peor: cuando Wendel se hizo cargo de Editis (2004) sus directivos impusieron una política de austeridad y ahorro que afectó particularmente a los “colaboradores externos”, es decir, entre otros, a los autores.

Me llegan noticias, cada vez más abundantes, de que en el río revuelto de la omnipresente crisis-comodín muchos autores que no consiguen “el reconocimiento del mercado” en la misma medida que el núcleo minoritario de sus colegas más privilegiados, están viendo sustancialmente recortados anticipos, forfaits y regalías. Hay que hacer un esfuerzo (otro), les aseguran, porque los tiempos son duros. Pero para algunos mucho más que para otros, lo que tampoco es nuevo. Al menos en este oficio.

Lee el original en El País.

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Mar 07

Alberto Olmos: Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder

Escrito en El T-rex que viene, El museo.
Etiquetas: , , , 7/03/2009

adanhomerLa literatura debe reinventarse constantemente, como Osiris, divinidad solar que moría cada día para renacer al siguiente. De igual modo, la novela lleva muriéndose más de un siglo, pero reaparece constantemente con formas nuevas, de tal modo que debería incluirse en su definición su carácter de ave fénix. Aunque, en realidad, la novela, la literatura en general, goza de buena salud; es la teoría la que, no pudiendo seguirla, la declara muerta y al fin debe reconocer que está viva y debe reconstruir sus doctrinas con los nuevos materiales: tarde, porque la novela, la literatura, ya ha mudado y viste plumajes nuevos.

En el guardapolvo de Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder, nuevo trabajo de Alberto Olmos -de quien ya hemos reseñado aquí Trenes hacia Tokio, El talento de los demás y Tatami-, aparece una bomba a punto de explotar (simula el mensaje de error de un Macintosh). Esa bomba es la que golpea a la teoría, que tendrá que enviar a sus TEDAX a desactivar este engendro que no se sabe si es literatura, ni quién es su autor; no es identificable la trama, ni el estilo. De lo que es la novela tradicional sólo podemos reconocer la existencia de unos personajes que, de todos modos, no tienen más relación entre sí que el medio donde publican sus textos, internet. Porque Alberto Olmos ha compuesto una novela de la que sólo ha escrito la Nota y los Créditos, y el material narrativo lo ha copypasteado de internet.

¿Quién es el autor? (Alberto Olmos respondió a esa pregunta solicitando una foto de grupo). Autores son todos, y el resultado es común. No se puede, como en un libro de cuentos colectivo, desgajar a uno de los autores y evaluarlo de manera independiente. La autoría de Olmos ha consistido en un entretejer textos que no son propios para componer un fresco coral –con la técnica evidente del collage- que es casi una novela-río, si bien internet es más un océano (pero hasta los océanos tienen sus ríos), donde el curso central es el ordenador de Olmos, en donde confluyen los diversos arroyos y corrientes. De algún modo es una actualización de La colmena, con una serie de personajes que discurren en paralelo, sin llegar ahora a rozarse.

Olmos ha concebido la obra “del texto a la textura”: lo que ha buscado es dotar de textura web a las historias de los personajes Eritrea, Supercrisis, Jeepster o el propio Olmos, que son personajes porque su existencia es digital y, ahora, de papel -Olmos entra en la novela a través de los correos electrónicos de su amigo Héctor-. Aportan texturas los textos robóticos, el spam, la nube de tags que copia o la encuesta de la bitácora Moleskine literario. Así pues lo relevante de esta novela no es el estilo, aunque no es indefinible, sino la textura y la estructura. Una estructura que obedece, como confiesa el editor en la Nota, a una “sana anarquía” y a su “curiosidad emocional” -no es difícil reconocer las semejanzas entre la amargura de Eritrea y la del protagonista innominado de A bordo del naufragio, la primera novela de Olmos-. El material lo ha ordenado (su “confesión de cookies”) partiendo de su propio blog, Hikikomori, y progresando “en círculos concéntricos”, como un DJ, inspirándose en el trabajo musical de The Avalanches, grupo australiano que compuso en 2000 el disco Since I Left You a partir de samples de muy diversos artistas (estrategia que copió luego Craig Armstrong para la banda sonora de Moulin Rouge).

Son textos provocadores, de una rebeldía a la antigua usanza, la que tatuaba con espray el desasosiego existencial o el rechazo profundo a las convenciones políticas y sociales en las paredes de la ciudad antes de los ridículos grafos. Es rabia desatada, que “es lo que promueve internet”. Es literatura en un estadio adánico, original (y por tanto es auténtica, no mera imitación del hipertexto). Muchos de estos materiales son los que, tradicionalmente, el escritor reelabora luego para dar lugar al relato común. Aquí quedan expuestas sus entrañas, como un Centro Pompidou literario. Son textos que obedecen a la necesidad íntima de expresión, la que siempre ha impelido a los escritores. Y de ese modo enlazan con la tradición.

¿Es literatura? Algunos ejemplos del libro lo son claramente, o tienen antecedentes claros en el diario, la columna periodística, el relato tradicional o la poesía. Otros, como los tweets o los SMS, quizá están más alejados de lo que comúnmente se entiende por literatura. Es el conjunto lo que resulta ser decididamente literario; pues no siempre el material que compone la obra literaria lo es, y sin embargo no cabe duda del carácter del producto final. Aquí es difícil desentrañar lo referencial, lo puramente literario, sin que importe realmente eso: “Lo literario está en el papel donde se imprime”.  Lo que queda a quien lea Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder es que en internet puede encontrar literatura valiosa; aunque,  de momento, el papel sigue dando prestigio (homologando, según Constantino Bértolo, editor de Caballo de Troya). A ver cuánto dura eso.

Lo publiqué, en su momento, en El Confidencial…

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Mar 01

Kindle Killed de Writer Star

Escrito en K-Saurus.
Etiquetas: , , , 1/03/2009

 

Hablan por mi boca Fobos, Bali y Quentin Beck. El fondo del saco del alma, la parte que no ve la luz y no quiere verla. Leo la euforia que producen los avances tecnológicos en torno al libro, especialmente el Kindle de Amazon, el súper libro, el Aleph que se compra por 300 dólares y nos hace invulnerables al látigo de la ignorancia. Lo leo y me aterro. Se va cumpiendo aquello que avanzó el raro de Iván Illich, de que la pantalla se comería al libro. La tinta digital (e-ink) es el veneno que faltaba. Vale, admitámoslo, un aparato basado en la tinta electrónica, capaz de contener toda nuestra biblioteca deseada, los miles de libros que queremos leer, es la panacea del lector que, además, cuenta con la potencia del hipertexto. Y la aparición del Kindle de Amazon puede ser el golpe definitivo: “el primer dispositivo que rompe la maldición del libro electrónico y lo convierte en algo que desplazará a la lectura de libros físicos en un segmento significativo de usuarios en los próximos pocos años” (Enrique Dans). No puedo negar que el libro electrónico favorece al lector. Lo hace. Al escritor, que parece una parte relevante en esto de la literatura, lo matará.

Los libros arden en el patio de Alonso Quijano.

Según Javier Celaya (editor de Dosdoce.com; uno de tantos Gmork de este Devorador que es el libro electrónico; otros son Michael Hart o Kevin Kelly), con el libro digital el autor recibe el 80% de los ingresos. No está nada mal, contando con que los ingresos pueden ser nulos -otros no son tan optimistas; José Antonio Millán tiene un artículo excelente a este respecto en su blog, donde señala un porcentaje menor: entre el 30 y el 40 %-. La mayor parte de nada sigue siendo la mayor parte, diría Pangloss. Más aún, este leibniziano editor considera que, frente a la esperable piratería, “hay tecnología suficiente para proteger la obra”. Eso mismo debían pensar las discográficas, antes de arrancarse los pelos a puñados. En su análisis, pierden sólo los intermediarios entre el tándem autor-editor y el lector, pero este dinosaurio, que es más de Heguesías que de Leibniz, ve la irrefrenable muerte del editor -sí, me atrevo a contradecir a Jason Epstein- y la más que posible del autor, aunque con matices. Escribir sólo escribirá aquél que lo desee por encima de todo, y siempre y cuando cuente con una forma de ingresos alternativa a la escritura, porque nadie -o sólo alguno- paga por lo que puede obtener gratis. Sólo aquellos que admitan escribir en sus ratos libres -nos perderíamos a Flaubert- o que vivan de rentas se podrían permitir la escritura. Esto vuelve a beneficiar al lector, o al menos no le perjudica más de la cuenta. Pero a muchos posibles escritores les refrena y limita, quizá de manera definitiva.

Portable Content

En cuanto a la posible desparición del libro de papel, dudo mucho que esto llegue a ocurrir. Pasará que el libro tradicional se convertirá en un objeto de lujo, de coleccionista, para enamorados no tanto de la lectura como del ente libro. Para quienes disfrutan de su olor y tacto tanto como de su lectura. Pero está claro que, conforme las generaciones se hagan progresivamente más geek, el papel se irá restringiendo cada vez más a círculos elitistas. Hablemos también de precios. Un ebook cuesta, para quien decida pagarlo, unos 9 dólares (Amazon). El mismo libro, el tradicional objeto de papel, barniz, cola, cartón e hilos, unos 12 dólares. La diferencia no es mucha -aunque hay casos en los que es mucho más barato-, pero con el ebook el soporte lo pone el comprador. Y, al margen de valoraciones personales, vuelve a aparecer el fantasma de Drake y sus modernos seguidores: el ebook puede estar accesible por nada. ¿Para qué pagar cuando puedo no hacerlo? Porque no hay diferencia alguna entre el libro electrónico sisado y el pagado, a diferencia del libro tradicional, que es algo sólido que ninguna versión pirática puede ofrecer.

Otro aspecto negativo es que el libro entra en la dinámica de renovación y obsolescencia informáticos. Cada dispositivo sólo lee algunos archivos, luego éstos cambian y el aparato, carísimo, deja de ser útil (Miguel Ángel Criado, diario Público). La aparición de nuevos soportes deja fuera de juego a los anteriores. El ordenador, sapientísimo y vertiginoso, que aún no hemos terminado de pagar, ya está viejo y no tolera el nuevo ingenio de Bill Gates. Y sin embargo la edición Príncipe del Quijote aún se puede leer, si te la dejan. Incluso la piedra de Rosetta se puede leer, si el lector sabe algo de griego; y tiene más de dos mil años, mientras que mis caducos disquetes hace tiempo que pasaron a peor vida.

Biblioteca del Trinity College (Fuente: http://artedfactus.wordpress.com)

Está claro que el libro electrónico no sólo es posible: ya está aquí, y viene para quedarse y hacernos la vida imposible. Pero, señores editores, no se suiciden. No colaboren con el régimen de Barbanegra y, de paso, entreguen a los honrados escritores a Grendel, que los va a dejar mondos y ni las plumas va a escupir. ¿Hay alguna esperanza? En mi opinión, Spotify ha sido un paso asombroso en lo referente a la música. Con Spotify se vuelve innecesaria la descarga ilegal de música. Sólo falta que haya algo parecido para cine y, quizá, libros, para que la piratería reciba un duro golpe. Porque confiamos en la naturaleza humana, bondadosa y cándida, en que prefiere “hacer lo correcto” -como en las series yanquis- antes que rapiñar. Espero que mi maestro Heguesías no se enfade por este arranque roussoniano.

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