El 22 de febrero de 1936, “la aurora asomaba / lejana y siniestra”. Don Antonio Machado, agotado su corazón, agonizaba; los dolores (en español, el dolor se debe sentir en plural) le tratan “como a una muralla vieja: / quieren derribarlo, y pronto, / al golpe de la piqueta”. Ya no son “como agua de noria / que va regando una huerta”, sino como “agua de torrente / que arranca el limo a la tierra”. Lejos de España, de la “tierra triste y noble” de su Castilla y los “olivares polvorientos” de su Andalucía, se extingue en el Languedoc pese a que tiene “una gran aversión a todo lo francés”. Allí, sin embargo, encontró su último refugio; allí le respetaban porque, según les habían dicho, Machado era para España lo que Valéry era para Francia. Mientras, en España se le buscaba, mas no para mostrarle respeto.





























