Los dinosaurios son algo lentos. Quizá por eso, cuando Monterroso despertó, el dinosaurio seguía allí. Pero si no había intentado moverse era porque tenía algo que contarle, un cuento. No hizo falta. Como un relámpago se le presentó el famoso relato hiperbreve. No he encontrado un libro más adecuado para comenzar la andadura de esta [...] [...more]
Los dinosaurios son algo lentos. Quizá por eso, cuando Monterroso despertó, el dinosaurio seguía allí. Pero si no había intentado moverse era porque tenía algo que contarle, un cuento. No hizo falta. Como un relámpago se le presentó el famoso relato hiperbreve. No he encontrado un libro más adecuado para comenzar la andadura de esta bitácora que uno que hace referencia al género literario, nuevo y antiquísimo, del que ha tomado el nombre. Ese libro es Los cuentos más breves del mundo. De Esopo a Kafka (Páginas de Espuma), antología a cargo de Eduardo Berti. El escritor argentino ha tenido que bucear en polvorientas bibliotecas para reunir esta colección de ancestros de unos cuentos que hoy se ven como el no va más de la modernidad. Como decían los romanos, que ya entonces lo sabían todo, no hay nada nuevo bajo el sol.

Berti ha localizado textos que reúnen las condiciones –o no- del microrrelato en todas las épocas y culturas que han plasmado sobre el papel sus ensoñaciones. Los hay chinos, europeos, americanos; de la antigüedad, del siglo XX; de Sa’di, de Kafka. ¿Los requisitos? No deben exceder las 350 palabras, deben haber sido escritos antes del siglo XX o en sus albores, y deben pertenecer a una lengua distinta del español. Lo que está muy bien, porque hay infinidad de antologías del microrrelato –y sus antecesores- hispánico, y parece que es un género restringido geográficamente, así como temporalmente: al siglo XX, a partir de las vanguardias. Berti demuestra que las raíces del microrrelato son profundas y amplias, y tan jugosas como las quimas más frescas.
En su recorrido, Berti decide no seguir a Enrique Anderson Imbert para quien el origen del relato breve se puede hallar tan pronto como en la escritura sumeria, a modo de anécdotas intercaladas que se podrían arrancar antes de lanzarlas a la emancipación literaria. Parece sin embargo un principio demasiado flexible que violentaría algunos de los dones naturales del microrrelato, como sería precisamente su autonomía. Por eso adelanta la aparición de estos ancestros a la antigua Grecia, dejando atrás excesos interpretativos.

En esta antología estamos quizá más cerca del cuento de la abuela que del dinosaurio de Monterroso o de los patucos de Hemingway. Esta es la historia de los precursores del microrrelato cuyas “fuentes y raíces son las más antiguas”. David Lagmanovich (El microrrelato. Menoscuarto) también le reconoce una larga tradición en la historia de la literatura, que encuentra repleta de “ejemplos de anticipación” aunque en sí sea “una de las tendencias más claras de la modernidad”. De hecho, somos espectadores del nacimiento y consolidación de un género nuevo. El cuento apareció sin más, el origen de la novela es remoto, pero el microrrelato se está formando en cuanto género autónomo ante nuestra mirada.
Y, a pesar de todo, muchos de estos textos parecen microrrelatos. El cuento de Stratón de Sardis, “El primer beso” (pág. 33),
Al anochecer, a la hora en que nos damos las buenas noches, Moeris me besó, ignoro si de verdad o en sueños; pues con gran claridad recuerdo ahora el resto, todo lo que me dijo y todo lo que me preguntó; pero si también me besó, lo dudo y conjeturo al respecto; ya que si es verdad, después de haber sido transportado al paraíso, ¿cómo es que ahora me muevo sobre la tierra?
cuenta con tan sólo setenta y seis palabras. No es un texto hiperbreve, pero entra dentro de lo que oficiosamente se entiende por minicuento -menos de cuatrocientas palabras-. Es redondo, conciso –aunque podría serlo más-, autónomo, algo ingenuo –una de las constantes del género es su “mala leche”: son “insidiosos, misteriosos, irreverentes, a veces traicioneros”, dice Lagmanovich-, pero parece un microrrelato. Otros, claramente, no lo son. “El culto a la patria” de Alphonse Allais (p. 218), es meramente una observación antropológica sobre los turistas norteamericanos:
Acabo de ver, hace instantes, a un norteamericano que, tras leer en el Gordon Benett Herald una noticia que describía las últimas lluvias en Nueva York, dobló de inmediato las botamangas de su pantalón, aun cuando el suelo, en Niza, estuviera perfectamente seco porque hay un sol radiante.
Según Amanda Mars Checa (“El cuento perfecto”, en Quimera nº 222), “la extrema concisión democratiza el cultivo de este arte y plantea el riesgo de aceptar como obra literaria cualquier expresión más o menos afortunada”. Algunas piezas, aquí y en muchas antologías, son meros arranques de ingenio, comentarios ingeniosos, anécdotas. Muchas veces son los chistes los que adoptan la denominación de microrrelato para cobrar algo del prestigio de la literatura, pero un chiste no necesita prestigio, sino gracia e ingenio.
¿Son pues, entonces, microrrelatos u otro tipo de texto? La teoría siempre fuerza las costuras de la realidad. Claro que hay que tratar con los teóricos y eruditos de la literatura, pero es que son como niños caprichosos golpeando con su carnoso puño la pieza en el hueco del rompecabezas, cuando muchas veces esa pieza es un soldadito de plástico. Como dice el Joseluís González (también en el nº 222 de Quimera), la teoría literaria es como el tapiz de Penélope: lo que teje por la noche, lo desteje la realidad creativa por la mañana.

No he leído antología alguna de la que no pudiera arrancar un buen puñado de páginas que, a mi juicio, no contenían microrrelatos sino observaciones, ingenios o meras bromas. Pero la antología de Berti ha sido un descubrimiento. Creo que a cualquiera le gustan los viejos cuentos, tan ingenuamente didácticos, tan valientemente morales; el libro está repleto de ellos. Además, ha ampliado el campo de mi visión literaria hacia tradiciones, y por supuesto autores, de las que apenas tenía noción. Su lectura, aunque necesariamente exigente –son muchos los enfoques culturales distintos-, es enjundiosa y gozosa. Si son o no microrrelatos, o ancestros, o lo que sean, que se preocupe de ello la tantálica Penélope.