La Inqusición. Esa institución tan denostada, tan atractiva, que no deja de fascinar a propios y extraños. Estudiada hasta lo más ínfimo y desconocida absolutamente por la mayoría; se le imputan crímenes que no cometió y algunas de sus actuaciones son elevadas al plano de lo legendario. Buena parte del carácter español se ha forjado bajo la atenta mirada de los inquisidores, durante tres largos siglos de fisgoneo y denuncias anónimas, que la llevaron a convertirse en mero instrumento de venganzas personales de quienes tenían suficiente valor como para servirse de ella como instrumento. Un instrumento eminentemente racional que sirvió a la causa de la irracionalidad. Compleja, contradictoria, no había dado sin embargo el salto al hiperespacio. De alguna manera, esto lo ha llevado a cabo Lorenzo Silva en su nueva novela El blog del Inquisidor.





























