Puede echarse en falta a César Aira, a Miguel Delibes, a Enrique Vila–Matas, a mil, y eso que hay que ceñirse a los vivos. Pero no existe un premio justo, aunque sí los haya injustos. Injusto fue darle el Nobel a Winston Churchill, a Toni Morrison o a Octavio Paz, aunque de esta otra anti–lista se podrían tachar todos y escribirse algunos nuevos. Y es que esto de los premios es puro subjetivismo y un salto sin red. Citemos los tres primeros concedidos por la Academia Sueca: Sully Prudhomme (1901), Theodor Mommsen (1902), Bjørnstjerne Bjørnson (1903). Que levante la manita quien haya leído algo de estos autores, o siquiera que les suene su nombre –por no hacernos los listos, confirmamos haber recurrido a Wikipedia, como todos–. El siguiente año se lo llevó nuestro José de Echegaray, que es un señor con nombre de calle –o al revés– donde en otro tiempo se iba en busca de consuelo. Pero ya tampoco lo lee nadie.
