RSS

Alberto Olmos: Tatami

El novelista y exprofesor de español para japoneses Alberto Olmos no ha tenido un aterrizaje brusco en el planeta literario, del estilo de Nocilla Dream o Llámame Brooklyn, pero con ya cinco novelas a sus espaldas es uno de los `jóvenes narradores´ –ese concepto tan laxo– más sólidos y reconocidos de nuestro país. Si con A bordo del naufragio resultó finalista del prestigioso premio Herralde, su consagración llegó hace dos años con Trenes hacia Tokio, donde plasmaba sus experiencias niponas tras tres años de permanencia en el país del sol naciente. Luego llegaría El talento de los demás, su novela más ambiciosa y conseguida –aunque sin el encanto de Trenes– y que logró gran aceptación entre la crítica.

La presente novelita, o novela corta por su extensión y características, cuenta una anécdota simple y en apariencia anodina: una recién licenciada –Olga– vuela a Japón para impartir allí clases de español y su compañero de asiento –Luis–, que casualmente hizo muchos años el mismo viaje –¿iniciático?–, decide contarle su historia, que le revela como un voyeur perturbado y grumoso, aunque en esencia inofensivo. Sin embargo, cada página ahonda más y más en la psicología de Luis, pues el voyeurismo es sólo un canal para llegar al fondo, los mecanismos basales del sexo y la radical soledad del ser humano, el caldo primigenio del que surge todo lo demás.

Y es que Tatami, de concepción sencilla, de ambición moderada, no puede evitar erigirse sobre unas profundas raíces que ya germinaron en la obra anterior de Olmos. Luis, el protagonista de esta historia es muy similar en cuanto a su soledad radical a los aturdidos antihéroes de A bordo del naufragio y de Trenes hacia Tokio, y Olga no es muy diferente; es también una solitaria, que se ampara en su responsabilidad y su enorme busto para guardar las distancias –de ahí su virginidad, que espera perder en el Japón, donde nadie la conoce y donde espera no arraigar–.

Olmos despliega su talento de narrador, su profundidad y oficio de gran escritor y Tatami, como el bolso de Mary Poppins, contiene mucho más de lo que a simple vista cabría imaginar. Se puede entender además como una reflexión metaliteraria, sin abandonar las formas y recursos del relato tradicional, por cuanto podemos experimentar el poder cautivador de la ficción bien urdida –pues Luis es un consumado narrador–. De nada sirve a Olga repetirse una vez y otra que no quiere oír más, que no le interesa lo que Luis le está contando, que su desprecio es demasiado intenso. Al final, sigue reclamando su relato y queda atrapada en él a más largo plazo de lo que es capaz de imaginar. Las experiencias de Luis la han contaminado ya irrevocablemente: es el poder de la palabra, el poder de la narración.

Lo publiqué, en su momento, en El Confidencial


Your Comment