De Salvador Pániker se ha dicho que es una de las cabezas mejor amuebladas del país. Lo que está claro es que tiene un pensamiento flexible, plural, libre. Si el término ‘librepensador’ no estuviera tan contaminado, le sentaría como un guante. Ha dicho: “los que son profundamente religiosos, como lo soy yo, no pueden encerrarse en ninguna iglesia”; y ha escrito: “Soy catalán, aunque no me siento catalán; me siento híbrido y universal, ciudadano del mundo, cosmopolita”. Es difícil de encasillar, también por procedencia étnica: su padre era hindú, su madre española. Se educó en el catolicismo, luego se interesó por su componente oriental y finalmente optó por diseñarse una religión a la carta. Es doctor ingeniero y en filosofía, editor (fundó Kairós en 1965), presidente de la Asociación por el Derecho a Morir Dignamente, y fue diputado por UCD en 1977 (aunque le duró poco, 24 horas, porque se aburría).
Que ser español es difícil, eso nadie tiene que decírnoslo. Desde los arbitristas en el siglo XVII, el problema de España es una de nuestras constantes culturales. Pániker define este problema en términos de un “defasaje” respecto del exterior. España ha vivido en régimen de clausura prácticamente durante cuatrocientos años; las revoluciones científicas e ideológicas, la secularización, Kant, se quedaron en los Pirineos. Hasta hace poco “los españoles no pensaban mediante ideas, sino mediante refranes”, pero el boom de la comunicación en la segunda mitad del siglo XX cambió para siempre nuestra relación con el exterior. España se vio arrastrada por la corriente de la civilización occidental y salió del convento, aunque siguiera encontrándose con la dificultad de resolver los nuevos problemas con las viejas cuadrículas.
Pániker ofrece a través de una serie de ensayos, escritos entre 1968 y 1978, una interpretación de la época más efervescente de la historia reciente de España. Los años de ilusión en los que el viejo régimen agonizaba y el país se preparaba para entrar en el siglo XX con un retraso de muchos años respecto de nuestros vecinos europeos. Al español se le presentaban una serie de dificultades educativas, económicas, sociales y políticas, relacionadas con sus peculiaridades culturales, que estorbaban su paso a un nuevo régimen de pluralismo.
Ahora bien, cuando España se democratiza, la democracia misma se está viendo sometida a crítica en todo el mundo: la suma de pluralismo y prosperidad económica ha producido el resquebrajamiento del sistema de valores y de la autoridad en las culturas utilitarias, la ética puritana del esfuerzo y el trabajo está en crisis. Todo ello unido produce un giro al conservadurismo de las bajas clases medias, que exigen ley y orden, prosperidad económica y el regreso al antiguo sistema de valores.
El control estatal para cubrir estas reclamaciones, junto con el consumismo generan una sociedad anestesiada y apática, que comienza a dudar de la validez del sistema democrático (si nos lavan el cerebro con la publicidad, también nos pueden hacer un lavado de cerebro político), y la democracia se resiente, porque necesita individuos creativos, que se asomen a los límites y se muevan en el caos del azar. No obstante, el poder siempre teme el azar y lo reprime. Y con ello reprime el pluralismo, la creatividad y adultera la democracia.
A lo largo de estos ensayos va a encontrar el lector situaciones muy familiares, problemas que aún siguen sin resolver. Los problemas económicos estructurales de España en los setentas son muy parecidos a los actuales, y lo mismo puede decirse de los educativos y otros. Algunas crisis que Pániker identificaba en el extranjero en aquellos años ya han llegado a nosotros, lo que confirma su teoría del defasaje. Pero, además, ya señalaba entonces las debilidades de la Constitución (p. 323), los problemas que dejaba sin resolver y que hoy caen sobre nosotros.
Tras leer este libro, treinta años después, se llega a la conclusión de que no hemos cambiado tanto, de que las pulsiones que entonces nos animaban siguen haciéndolo, que las realidades opresoras de entonces (“envidia, odio y determinados códigos lingüísticos”) siguen presentes estorbando el inacabado proceso democrático. La dificultad de ser español no ha sido resuelta; hoy, como entonces, se pregunta ¿qué es España? Y los españoles debemos preguntarnos si tendremos la madurez democrática suficiente como para dar una respuesta pluralista y crítica (como se hizo en 1978). “Afrontar todo esto puede significar que la dificultad de ser español se convierta en una nueva incitación” (p. 325).





























